Jorge Luis Bowen Loor, autor del artículo periodístico “Emilio Bowen Roggiero: una deuda pendiente”, se ha dirigido al Director de REVISTA DE MANABÍ haciendo algunas precisiones a la respuesta que le diera Joselías Sánchez Ramos, después de que un comentario de éste fuera cuestionado por aquel. El razonamiento de Bowen sigue después de su carta.

Jorge Luis Bowen hace precisiones “de interés público”

Señor Director:

En relación con la respuesta publicada por el señor Joselías Sánchez Ramos, considero necesario hacer una precisión de interés público sobre la calidad del debate que debe regir en un medio de comunicación.

Calificar como “intitulado” un artículo que explícitamente se denomina “Emilio Bowen Roggiero; una deuda pendiente” no constituye una interpretación válida, sino una afirmación objetivamente incorrecta. Un texto es intitulado únicamente cuando carece de título expreso. Negar lo evidente no refuta el contenido; evita el debate.

Del mismo modo, presentar la crítica como “una sombra” del criticado no es un argumento intelectual. Se trata de una metáfora autorreferencial que desplaza la discusión desde el plano de las ideas hacia el terreno del ego. En el debate periodístico e histórico no existen sombras personales: existen tesis que se sostienen o se desmoronan frente a los hechos.

Más preocupante aún resulta la recomendación de “leer un artículo sobre salud mental” como respuesta a una discrepancia intelectual. Vincular el desacuerdo de ideas con la salud mental del interlocutor constituye una descalificación personal impropia del ejercicio periodístico y académicamente inaceptable. La discrepancia no se patologiza; se discute con argumentos.

Desde una perspectiva profesional, este tipo de pronunciamientos no se ajusta a los principios éticos del periodismo ni contribuye a un debate público serio. Los medios cumplen una función social que exige rigor, respeto y confrontación racional de ideas, no insinuaciones ni recursos retóricos evasivos.

La crítica fundamentada no busca protagonismo personal, ni valida existencias individuales. Busca esclarecer hechos, contrastar versiones y fortalecer el derecho ciudadano a una información veraz y debatida con altura.

Periodista Jorge Luis Bowen Loor.

Atentamente,

Jorge Luis Bowen Loor

REVISTA DE MANABÍ aclara que la palabra “intitulado” fue usada por la Redacción de nuestro medio para referirse al encabezado del artículo periodístico “Emilio Bowen Roggiero: una deuda pendiente” y hacer la introducción a la respuesta que Joselías Sánchez Ramos dio a la réplica de Jorge Luis Bowen Loor (Significado que la Real Academia Española registra de la palabra “intitular” en su Diccionario de la lengua española: primera acepción, “Poner título a un escrito”.)

El razonamiento de Bowen Loor

Cuando el debate intelectual se agota, aparece la insinuación que conduce el debate a un escenario nefasto. No es casual que, ante la imposibilidad de refutar un argumento histórico o jurídico con fuentes, archivos o razonamiento verificable, se recurra a descalificaciones personales o a metáforas vacías. Recomendar “leer un artículo sobre salud mental” o afirmar que el contradictor es “una sombra” no constituye argumento alguno ni responde a la tesis planteada.

En el ámbito académico, periodístico y jurídico, vincular la discrepancia intelectual con la salud mental del interlocutor, o reducirla a una supuesta dependencia personal, constituye una forma de descalificación encubierta. No es crítica racional, sino estigmatización. No es debate, sino evasión del fondo del asunto.

Este tipo de recurso es característico de una conducta neófita en el debate público: cuando faltan método, formación disciplinaria o rigor conceptual, se intenta desplazar la discusión desde las ideas hacia el ego. Presentar la crítica como “sombra” del criticado no engrandece a nadie; revela, por el contrario, la incapacidad de sostener una discusión en el plano intelectual.

Afirmar que la crítica “demuestra la existencia” del criticado es confundir notoriedad con verdad. En el campo del conocimiento, nadie existe por ser mencionado; se existe intelectualmente cuando los planteamientos pueden sostenerse por sí mismos frente al escrutinio público. Las ideas no se validan por la cantidad de “sombras”, sino por la solidez de sus fundamentos.

La gravedad del hecho se incrementa cuando se instrumentaliza un tema serio como la salud mental para desacreditar al contradictor. Utilizarlo como recurso retórico no solo trivializa una problemática social real, sino que evidencia una profunda irresponsabilidad en el uso del lenguaje, especialmente cuando se interviene desde supuestas credenciales académicas, periodísticas o cívicas.

Desde una perspectiva profesional, este tipo de pronunciamientos no es ético. No se ajusta a los principios deontológicos que rigen el ejercicio responsable del periodismo, la academia y la investigación histórica, donde el deber es confrontar ideas con rigor, respeto y sustento documental, no con insinuaciones personales ni autoafirmaciones egocéntricas.

En la historiografía, las tesis se sostienen con documentos y fuentes primarias. En el derecho, los planteamientos se contrastan con normas y jurisprudencia. En el periodismo, las afirmaciones se verifican con datos. En ninguno de estos campos es legítimo patologizar la discrepancia intelectual ni reducir la crítica a una relación de dependencia personal.

Sugerir que quien cuestiona es una “sombra” no debilita la crítica; expone la incapacidad de refutarla. Es la admisión implícita de que no se dispone de elementos suficientes para sostener el propio relato ni para enfrentar el debate en términos racionales.

Cuando el intercambio de ideas desciende a la descalificación personal y a la autocelebración, el resultado es inequívoco: no queda en evidencia quien argumenta, sino quien renuncia al argumento. Y cuando se renuncia al argumento, lo que se pierde no es una discusión, sino la credibilidad intelectual.