El descubrimiento de restos paleontológicos en el fondo de la laguna que oxigena las aguas servidas de la ciudad capital de la provincia de Manabí (Ecuador), evidencia que un invaluable recurso histórico espera ser desenterrado y examinado para determinar bien los orígenes del pueblo portovejense.

Periodista Jorge Luis Bowen Loor.


JORGE LUIS BOWEN LOOR*

jorgebowen@hotmail.es

24.03.2026


Evidencia científica, omisión institucional y una ciudad construida sobre fósiles ignorados.

La historia de una ciudad no comienza con su acta de fundación, ni con los primeros asentamientos humanos documentados. Empieza mucho antes, en escalas de tiempo geológico, cuando el territorio que hoy ocupa Portoviejo formaba parte de un ecosistema dinámico habitado por mega fauna hoy extinta. Esta afirmación no es retórica: se sustenta en patrones ampliamente documentados por la paleontología sudamericana.

Un registro periodístico de septiembre de 1978 documenta el hallazgo de una vértebra de gran tamaño en la Laguna de Oxidación de Portoviejo (ver Imagen). Aunque carece de documentación técnica posterior, este hecho no pierde valor como evidencia histórica; por el contrario, expone una debilidad estructural en la gestión del conocimiento y del patrimonio.

Desde el punto de vista científico, las características descritas —dimensión y estructura porosa— son compatibles con restos de mega fauna del Pleistoceno tardío (ca. 12.000–10.000 años). Especies como Eremotherium laurillardi y Notiomastodon platensis han sido registradas en contextos similares de llanuras aluviales en América del Sur (Cartelle & De Iuliis, 1995; Prado et al., 2005). Su presencia implica condiciones paleo ambientales específicas y convierte cada hallazgo en una pieza clave para reconstruir la historia natural del territorio.

Si en la zona de la Laguna de Oxidación —un entorno de características sedimentarias favorables para la preservación fósil— se registró un hallazgo de esta naturaleza, resulta científicamente razonable inferir que las áreas contiguas, incluyendo los terrenos no urbanizados y la franja que ocupa la pista del aeropuerto Reales Tamarindos, podrían formar parte de un mismo sistema de depósito paleontológico correspondiente al Pleistoceno. Bajo esta lógica, no se trataría de un hecho aislado, sino de un contexto mayor: un potencial cementerio de fósiles que, hasta la fecha, no ha sido estudiado ni delimitado formalmente.

El problema no es la ausencia de evidencia, sino la ausencia de gestión. La Constitución de la República del Ecuador (2008), en su artículo 379, reconoce como patrimonio cultural a los bienes paleontológicos, independientemente de su estado o ubicación. La Ley Orgánica de Cultura (2016) y las normativas del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) establecen la obligación de su identificación, protección e investigación.

En este marco, el área del aeropuerto Reales Tamarindos no puede ser considerada un terreno ordinario desde la lógica exclusiva del desarrollo urbano. Si existen indicios razonables de contenido paleontológico, cualquier intervención queda legalmente condicionada a evaluación previa, control técnico y supervisión patrimonial. Ignorar esta obligación no es una omisión menor: es una posible vulneración del régimen de protección cultural vigente.
La realidad, sin embargo, es otra. En ausencia de infraestructura local y protocolos efectivos, los restos fósiles hallados durante excavaciones suelen perderse, dispersarse o destruirse. Cada intervención sin control técnico representa una pérdida potencial de información científica irreemplazable.

La inexistencia de un museo paleontológico en Portoviejo no es un detalle cultural: es una limitación estructural. Sin un espacio de resguardo, investigación y difusión, el territorio pierde no solo objetos, sino conocimiento. Y sin conocimiento, no hay identidad profunda.

Reducir la cultura a su dimensión festiva es una simplificación. La cultura también es estrato, fósil, datación y memoria material.

El registro de 1978 no es una anécdota. Es evidencia. Es el indicio de que bajo Portoviejo existe un archivo natural que está siendo ignorado. Y si ese indicio apunta a que zonas como la Laguna de Oxidación y el Aeropuerto Reales Tamarindos reposan sobre un depósito mayor, la omisión deja de ser casual para convertirse en estructural.

Portoviejo no necesita descubrir su pasado: lo está pisando todos los días.

Lo que falta no es evidencia. Es decisión.

El documento fotográfico que ilustra este artículo periodístico, constituye evidencia histórica de la presencia de mega fauna en el territorio.

Este artículo no inventa hechos. Interpreta evidencia disponible y la contrasta con el marco legal vigente. La ausencia de estudios locales no invalida la hipótesis: la hace urgente.

Referencias (formato APA)

  • Cartelle, C., & De Iuliis, G. (1995). Eremotherium laurillardi: the Panamerican late Pleistocene megatheriid sloth. Journal of Vertebrate Paleontology.
  • Prado, J. L., Alberdi, M. T., & Gómez, G. (2005). Late Pleistocene
  • Gomphotheriidae (Proboscidea) from South America. Quaternary International.
  • Constitución de la República del Ecuador. (2008). Artículo 379.
  • Ley Orgánica de Cultura del Ecuador. (2016).
  • Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC). Normativas sobre bienes paleontológicos.

©24.03.2026

* Jorge Luis Bowen Loor, licenciado en Ciencias de la Información y máster en Comunicación Empresarial y Corporativa. Es ciudadano de la provincia de Manabí (Ecuador), pero hizo sus estudios universitarios en España, donde reside actualmente. Su ejercicio profesional inició en algunas radioemisoras manabitas, en Portoviejo y Manta.