Hoguera Bárbara” no explica 1912: lo utiliza. Funciona como un dispositivo simbólico para construir martirologios, legitimar herencias políticas y blindar figuras históricas frente al escrutinio crítico. La historia, sin embargo, no está para consagrar mitos, sino para incomodarlos.

Periodista Jorge Luis Bowen Loor.

JORGE LUIS BOWEN LOOR*

jorgebowen@hotmail.es

El uso reiterado del término “Hoguera Bárbara” para referirse a los hechos ocurridos el 28 de enero de 1912 no responde a una categoría historiográfica, sino a una construcción literaria y política posterior que ha sido institucionalizada como verdad histórica incuestionable. Este desplazamiento del análisis por la metáfora no es inocente: configura un relato emocional que clausura el debate crítico sobre uno de los episodios más complejos de la historia republicana del Ecuador.

Desde el punto de vista documental, ni las actas oficiales, ni la prensa contemporánea a los hechos, ni los registros judiciales de la época emplearon el término “hoguera” para describir la muerte de Eloy Alfaro y sus acompañantes. La expresión se consolida décadas después, especialmente a partir de la obra literaria de Alfredo Pareja Diezcanseco, cuya intención narrativa no fue construir un marco analítico, sino una representación simbólica del drama político. Convertir esa metáfora en concepto histórico es una distorsión metodológica.

Los hechos verificables indican que lo ocurrido en 1912 fue un asesinato político múltiple, producto de una profunda crisis institucional, de la fragmentación del liberalismo y de un Estado incapaz de controlar la violencia. Hubo responsabilidades compartidas entre actores civiles, militares y élites políticas, así como errores estratégicos del propio alfarismo. Reducir este entramado a una “hoguera” ejecutada por una abstracción llamada “barbarie” simplifica la historia hasta volverla irreconocible.

El adjetivo “bárbara” cumple una función moralizante, no explicativa. Divide el pasado en víctimas puras y victimarios salvajes, anulando cualquier aproximación crítica a las causas estructurales del conflicto. En historiografía, cuando el adjetivo reemplaza al análisis, se abandona la disciplina y se ingresa en el terreno del mito político.

Más grave aún es la adopción de este término por instituciones estatales en actividades presentadas como académicas. Cuando el Estado asume una narrativa cerrada, deja de promover conocimiento y pasa a reproducir memoria ideologizada. No se trata de negar la violencia ni de relativizar el crimen, sino de rechazar la sustitución del estudio histórico por un relato devocional.

“Hoguera Bárbara” no explica 1912: lo utiliza. Funciona como un dispositivo simbólico para construir martirologios, legitimar herencias políticas y blindar figuras históricas frente al escrutinio crítico. La historia, sin embargo, no está para consagrar mitos, sino para incomodarlos.

Defender la veracidad histórica no implica desacralizar por provocación, sino devolver a los hechos su complejidad. Solo así el pasado deja de ser un instrumento político y recupera su función esencial: ayudar a comprender, no a adoctrinar.

* Jorge Luis Bowen Loor, licenciado en Ciencias de la Información y máster en Comunicación Empresarial y Corporativa. Es ciudadano de la provincia de Manabí (Ecuador), pero hizo sus estudios universitarios en España, donde reside actualmente. Su ejercicio profesional inició en algunas radioemisoras manabitas, en Portoviejo y Manta.