“El uso de instituciones culturales del Estado para difundir una versión única del pasado, plantea interrogantes legítimos sobre los límites entre memoria, política y conocimiento histórico.”

JORGE LUIS BOWEN LOOR*
El afiche de la conferencia titulada “Hoguera Bárbara”, realizada el 28 de enero en el Auditorio del Museo Portoviejo, constituye un documento institucional pertinente para examinar la forma en que el Estado ecuatoriano construye y difunde una narrativa específica sobre los acontecimientos de 1912.
La presencia explícita de los logotipos del Ministerio de Educación, Deporte y Cultura y del Museo Portoviejo, permite establecer que se trata de una actividad financiada con recursos públicos, y asumida como parte del discurso institucional.
Desde una perspectiva académica, este elemento resulta central. Cuando el Estado auspicia eventos de carácter histórico, no actúa únicamente como facilitador cultural, sino también como legitimador de enfoques interpretativos. El cuestionamiento no se dirige a la conmemoración de un episodio trágico de la historia nacional, sino al marco conceptual elegido para su presentación pública.
El término “Hoguera Bárbara” no corresponde a una categoría historiográfica construida a partir del análisis de fuentes primarias contemporáneas a los hechos, sino a una metáfora literaria elaborada con posterioridad y posteriormente incorporada al lenguaje político y memorial.
El examen del afiche revela un uso reiterado de expresiones valorativas como “inmolados”, “culpables” y “magnicidio”, sin que se anuncie un espacio de debate historiográfico, contraste de fuentes o pluralidad interpretativa. Desde el punto de vista metodológico, ello implica un desplazamiento del análisis histórico hacia una narrativa cerrada, en la que la conclusión antecede a la investigación.
Este enfoque resulta incompatible con los principios básicos de la disciplina histórica, que exige problematización, contextualización y reconocimiento de la complejidad de los procesos sociales y políticos.
Los acontecimientos de enero de 1912 deben ser comprendidos como el desenlace de una crisis política profunda, marcada por la fragmentación del liberalismo, disputas internas de poder, deterioro del orden institucional y una violencia política extendida.
Existieron responsabilidades múltiples y decisiones erradas en distintos niveles del poder civil y militar. Reducir este entramado a una representación simbólica unívoca no contribuye a la comprensión del pasado, sino a su simplificación y mitificación, limitando la posibilidad de un análisis crítico sustentado en evidencia.
La adopción institucional de una metáfora literaria como marco explicativo dominante, evidencia un proceso de oficialización de la memoria histórica, mediante el cual una interpretación específica se consolida como relato hegemónico.
Este fenómeno no es excepcional, pero sí problemático cuando se presenta como ejercicio académico, pues restringe el debate y debilita la función crítica de la historia como disciplina científica.
El uso de instituciones culturales del Estado para difundir una versión única del pasado, plantea interrogantes legítimos sobre los límites entre memoria, política y conocimiento histórico.
La historia, en tanto campo de investigación, no puede ser reducida a un recurso simbólico destinado a reforzar identidades políticas ni a legitimar relatos previamente definidos. Su función esencial es explicar procesos, no consagrar mitos.
Cuando el Estado asume una narrativa cerrada y la presenta como conocimiento histórico, se corre el riesgo de transformar la educación cultural en un ejercicio de reafirmación ideológica. Este desplazamiento no fortalece la memoria colectiva ni honra la complejidad del pasado, sino que empobrece el debate público y académico.
La defensa de la veracidad histórica no implica negar la violencia ni relativizar los crímenes cometidos, sino exigir rigor metodológico, pluralidad interpretativa y respeto por la evidencia documental. Por lo cual, la historia no debe usarse para adiestrar y ceremonializar, porque deja de ser conocimiento y se convierte en propaganda.
* Jorge Luis Bowen Loor, licenciado en Ciencias de la Información y máster en Comunicación Empresarial y Corporativa. Es ciudadano de la provincia de Manabí (Ecuador), pero hizo sus estudios universitarios en España, donde reside actualmente. Su ejercicio profesional inició en algunas radioemisoras manabitas, en Portoviejo y Manta.
