El fundamento carcelario es aislar temporalmente a quienes hacen daño a la sociedad, preparándolos durante ese lapso a fin de que cambien de actitud y puedan convivir en armonía social tras recuperar su libertad.

Las cárceles, en consecuencia, deben ser un ambiente transformador donde haya convivencia colaborativa, respetuosa y armoniosa entre todos los prisioneros, que les permita reformarse a tal punto que sea seguro reinsertarlos en la sociedad.

Por todo eso las cárceles requieren de una administración confiable, competente y digna.

Lamentablemente la situación carcelaria en Ecuador es el revés de aquel ideal. Más parecen lugares donde los prisioneros completan su andadura dañina, perfeccionándose hasta poder causar daño sin salir del reclusorio.

Se comprende que los delitos y sus autores han aumentado exponencialmente a lo largo de los últimos años, por encima de la capacidad del Estado para ensanchar y mejorar el ámbito carcelario. Pero es obvio que han faltado iniciativas para, cuando menos, hacer que los reclusos vivan su día a día haciendo algo provechoso para ellos, sus familias y la sociedad nacional.

De ahí que la campaña comunicacional de REVISTA DE MANABÍ para el bienestar de todos los ecuatorianos proponga lo siguiente:

Que se reforme y fortalezca la administración individual de cada centro carcelario, haciéndolas capaces de restablecer el orden interno sin ninguna injerencia extraña.

Que se pida la colaboración de la Iglesia y de las universidades, para que instructores de gran conciencia social reeduquen a los prisioneros y les induzcan a vivir dignamente. Así los mantendrán ocupados a diario y les abrirán las puertas a un futuro mejor sin delinquir.

Que, para reducir el hacinamiento conflictivo, se aplique otro tipo de medida compensatoria a quienes guardan prisión por delitos que no entrañan una amenaza grave. Por ejemplo: deshonestidad circunstancial, ofensas derivadas del fragor politiquero, riñas vecinales.