Por Nadia Mayra Angulo Bennett*
Todo esto comenzó, curiosamente, con una conversación con mi pareja.
Adriano, que es abogado, me comentó que podría beneficiarme de contar con un reconocimiento o respaldo formal de mi pertenencia afroecuatoriana. Empezó a explicarme los posibles alcances administrativos y jurídicos de ese reconocimiento y el papel de las instituciones encargadas de estos procesos.
Yo lo escuché y le hice una pregunta bastante menos jurídica: “Pero… ¿no soy negra ya?”
Nos reímos, pero la pregunta se me quedó dando vueltas. Porque Adriano estaba hablando de una cosa y yo estaba pensando en otra. Él hablaba del reconocimiento institucional de una identidad y de los efectos que puede tener dentro de determinados procedimientos. Yo pensaba en la identidad misma. Y son cosas diferentes.
No cuestiono que el Estado necesite procedimientos para administrar políticas públicas, acciones afirmativas o mecanismos destinados a pueblos y nacionalidades. Mucho menos cuestiono la importancia de las instituciones creadas para fortalecer sus derechos. Yo sé quién soy. Lo he sabido toda mi vida. Pero cuando una institución, un sistema o un trámite no refleja aquello que forma parte de tu identidad, aparece una pregunta bastante incómoda: ¿Qué o quién decide quién soy? ¿Mi apariencia? ¿Mi apellido? ¿Una institución? ¿Un funcionario? ¿Una base de datos? ¿Una cédula? ¿O yo?
Mi nombre es Nadia Mayra Angulo Bennett. Soy ecuatoriana y soy afrodescendiente.
No porque alguien me haya otorgado esa identidad. No porque pertenezca a un club o tenga un certificado que diga que soy “suficientemente afro”. Soy afrodescendiente porque esa identidad forma parte de mis raíces, mi familia, mi historia y la manera en que me reconozco a mí misma.
Y nunca pensé que decir algo tan sencillo pudiera necesitar tantas explicaciones.
Una cédula es un documento importantísimo. Pero no es mi biografía. Mi identidad no nació el día en que obtuve mi primera cédula, ni apareció cuando alguien ingresó mis datos en un sistema. Viene de mucho antes: de mi familia, de quienes estuvieron antes que yo, de nuestras historias y de nuestra memoria.
Hall (1990) escribió sobre la identidad cultural alejándose precisamente de la idea de que sea algo simple, terminado e inmóvil. La identidad se construye también en nuestra relación con la historia, la cultura y la manera en que nos representamos.
Eso me resulta cercano porque mi identidad no cabe completamente en una casilla, pero tampoco apareció de la nada porque un día decidí marcarla.
Por eso me resulta extraño pensar que algo tan íntimo pueda depender de que otra persona considere que cumplo o no con determinados requisitos.
¿Quién tiene derecho a definirme?
Collins (2000) ha estudiado la importancia de la autodefinición de las mujeres negras frente a las imágenes y expectativas que otros han construido históricamente sobre nosotras. Y ahí encuentro una parte importante de mi incomodidad.
Las mujeres negras sabemos bastante sobre ser observadas y comparadas con imágenes de lo que supuestamente deberíamos ser: cómo debería verse una mujer negra; qué cabello debería tener; qué rasgos. Cómo debería hablar. De dónde debería venir. Incluso cómo debería llamarse.
Entonces, si alguien cuestiona mi identidad porque aparentemente no coincide con la imagen que tiene en su cabeza de una mujer afrodescendiente, quiero hacer otra pregunta: ¿quién creó esa imagen y por qué tendría yo que parecerme a ella?
Si me reconozco como afrodescendiente, tengo raíces afrodescendientes y esa identidad forma parte de mi historia familiar y cultural, ¿qué tendría que presentar para demostrarlo?
¿Un certificado? ¿Una membresía? ¿Una asociación que me respalde? Y, de ser así, ¿quién toma el examen? ¿Qué apellido cuenta como suficientemente afro? ¿Qué tono de piel? ¿Qué textura de cabello? ¿Cuántos antepasados tengo que identificar? ¿Hay una rúbrica?
Porque, si vamos a convertir mi identidad en una evaluación, por lo menos quisiera conocer los criterios. Suena absurdo porque lo es.
Una cosa es demostrar que pertenezco a una organización. Otra completamente distinta es demostrar que tengo una identidad. Una asociación puede decidir quiénes son sus miembros. Pero mi identidad no nace el día en que una organización decide aceptarme.
Puedo formar parte de una asociación afroecuatoriana. También puedo no hacerlo. En ninguno de los dos casos dejo de ser Nadia.
También me incomoda cualquier intento de reducir la afro descendencia a una lista de características visibles, porque nuestra historia ocurre en América Latina, con todas las complejidades que eso implica.
La intelectual afrobrasileña Lélia Gonzalez (1988) propuso el concepto de Amefricanidade para pensar las experiencias negras de las Américas desde nuestra propia realidad histórica y cultural, cuestionando miradas que interpretan nuestra región únicamente desde categorías construidas en otros lugares. Eso importa.
Ser afrodescendiente en Ecuador no significa reproducir una imagen de la negritud construida en otro país.
La diáspora africana tomó formas distintas en Ecuador, Brasil, Colombia, el Caribe, Estados Unidos y muchos otros lugares. Incluso dentro del Ecuador, la experiencia afrodescendiente no es una sola.
No tenemos una única cara, un único tono de piel. No tenemos una única textura de cabello. No tenemos un solo apellido ni exactamente la misma historia familiar; y no deberíamos tener que parecernos suficientemente a un estereotipo para que nuestra historia sea considerada legítima.
Ahora bien, la Constitución ecuatoriana reconoce el derecho de las personas a construir y mantener su propia identidad cultural, decidir sobre su pertenencia a comunidades culturales y expresar esas elecciones. También protege la identidad personal y colectiva y establece los principios de igualdad y no discriminación.
Sin embargo, la Constitución no necesita decirme quién soy. Ese no es su trabajo, sino más bien garantizar que yo pueda serlo con dignidad. Y aquí existe una distinción que, para mí, es fundamental: reconocer mi identidad no significa crearla.
Mi cédula no determina quién soy. Un error administrativo no borra mi historia y una base de datos no modifica mis antepasados. Pero si el Estado registra información relacionada con nuestra identidad, entonces importa cómo lo hace.
Los procedimientos para registrar, actualizar o corregir esa información deben ser claros, transparentes y compatibles con los derechos reconocidos por nuestra Constitución. No necesito que el Estado me convierta en afrodescendiente; por otro lado, lo que sí puedo esperar es que sus procedimientos no se conviertan en barreras innecesarias para expresar una identidad que ya existe.
Mi identidad no es una licenciatura, una maestría, una certificación. Y definitivamente no necesito graduarme de afrodescendiente. Una organización puede acreditar mi pertenencia a esa organización. Puede certificar que soy miembro, pero eso es completamente distinto a determinar mi identidad cultural.
Mi identidad no necesita padrinos. Yo sé quién soy.
Sí, esta reflexión nació de una experiencia personal. Pero no creo que la pregunta me pertenezca solamente a mí. ¿Cuántas personas han tenido que explicar quiénes son? ¿Cuántas han escuchado un “pero tú no pareces…”? ¿Cuántas han sentido que su identidad debía pasar primero por la mirada de alguien más?
Por eso escribo. No para atacar una institución ni convertir un trámite en una guerra. Tampoco para pedir que alguien me otorgue una identidad que ya tengo. Escribo porque creo que vale la pena conversar sobre quién tiene derecho a nombrarnos y sobre la diferencia entre registrar una identidad y concederla.
Después de todas estas preguntas, mi respuesta sigue siendo sencilla.
Yo sé quién soy.
Mi identidad no necesita permiso para existir. Por eso no estoy preguntando: “¿Me permiten ser afrodescendiente?” No necesito hacer esa pregunta.
La pregunta que realmente me interesa es otra:
¿Está el Estado ecuatoriano preparado para respetar plenamente la identidad que sus propios ciudadanos manifiestan y ejercen?
Mi identidad no necesita permiso para existir. Pero sí merece ser respetada.
Referencias
Collins, P. H. (2000). Black feminist thought: Knowledge, consciousness, and the politics of empowerment (2nd ed.). Routledge.
Constitución de la República del Ecuador. (2008).
Gonzalez, L. (1988). A categoria político-cultural de amefricanidade. Tempo Brasileiro, 92/93, 69–82.
Hall, S. (1990). Cultural identity and diaspora. In J. Rutherford (Ed.), Identity: Community, culture, difference (pp. 222–237). Lawrence & Wishart.
Biografía

*Nadia Angulo Bennett: Es una profesional ecuatoriana con base en Guayaquil, especializada en educación, marketing y desarrollo territorial. Posee un MBA por la Université de Bordeaux (Francia) y una maestría en Marketing por la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Actualmente es candidata a la maestría en Marketing Digital y Analítico en la Universidad Internacional de Valencia (España) y cursa la Licenciatura en Educación en la Universidad Casa Grande de Guayaquil. Cuenta con más de 15 años de experiencia en docencia y formación profesional. Su trabajo se enfoca en educación, emprendimiento y dinámicas socioeconómicas en contextos locales, con especial interés en el desarrollo comunitario y territorial.
