El autor escudriña en la sociedad humana del presente y encuentra innumerables expresiones que rayan en la locura, como eso de proceder ciegamente siguiendo lo que pontifican ciertos “expertos” o “iluminados” que pululan en Internet.

Autor: Víctor Arias Aroca / corporacionarias@gmail.com

Cuando el planeta andaba cuerdo, la gente pensaba en forma positiva. Se respetaba al padre y a la madre, y el maestro era un ser supremo.

No había nada que no hubiera leído un maestro de los años 60 o 70. Sin la maquinaria infernal de Internet, los maestros usaban la edición de bolsillo de la última novela o el diccionario Larousse ilustrado.

¡Y qué ilustrados que eran los maestros! Con solo el mapamundi, el maestro daba su clase de geopolítica y era una maravilla de viaje por el mundo.

Fue así como aprendimos los nombres de las capitales y en que ciudades se levantan: la Torre Eiffel, la isla en que se halla la estatua de la libertad, el museo del Instituto Smithsoniano, elinstituto de investigación de Massachusetts, el Museo del Prado, la Capilla Sixtina, el edificio de gobierno llamado Kremlin, los Fiordos de Noruega, la Biblioteca de Viena, etc.

¿Han visto ustedes las tonterías que pone la gente en grupos de WhatsApp? Los que llenan el chat e intoxican los teléfonos móviles, envían toneladas de fruslerías, saludos estúpidos, feliz cumpleaños repetidos por millones; se saben de memoria las fechas del nacimiento de los 365 miembros del chat, uno por día; y son campeones mundiales y parecen disfrutar de enviar condolencias y cadenas de oración. En su mente no cabe mejor idea que la estampa de la virgen santísima para despedirse en la noche, después de haber escrito miles de sandeces en 30 o 40 chats.

Ahora me explico por qué un rector de una Universidad de Sudamérica se vestía de niño Dios en Navidad y disfrazaba a sus decanos como reyes magos, en frugal celebración donde sobraba el cerdo asado.

Y ahora usted, señor lector, podrá entender por qué las personas caen como hipnotizadas frente al televisor a observar a un tipo que en el reality de cocina enseña cómo hacer un huevo frito.

Son miles, son millones de personas que caen como gato, envenenadas en la banalidad y la estulticia y se pegan a la pantalla a observar el comportamiento humano en la intimidad del gran hermano, donde señoritas y señores sin la menor educación expulsan sus frustraciones y eructan sin recato, convirtiendo la mala educación en la maravilla de la televisión moderna.

La irracionalidad a la máxima potencia. El reino de la fatuidad. A eso hemos llegado. Por lo tanto, cuando nos quejamos de la incapacidad de ciertos gobernantes y la impreparación de los congresistas, en realidad la queja es integral. Corresponde a una sociedad que se fue depauperando.

No sabemos cuándo empezó esto. Las señales empezaron a mostrarse a principios de este siglo, cuando una señorita aspirante a Miss Planeta Tierra inventó la insólita teoría de que el sabio chino Confucio fue el inventor de la confusión.

Un grupo de estudiantes, al responder al periodista que ha preguntado cuáles son las estaciones del año, dice: Navidad, año nuevo, carnaval y el Día de la Madre.

Un profesor de notable erudición ha asegurado que los chicos llegan a la universidad sin saber leer ni escribir. En su libro, «El laberinto educativo y el aprendizaje fake«, el maestro Ramón Espejo, de la Universidad de Sevilla, se explaya en razones que justifican por qué la gente ha perdido el buen sentido.

En la cultura woke, desde luego, las premisas son de otro mundo. Según algunas vertientes de esa cultura degenerativa del pensamiento, existen 150 sexos, los hombres son libres de auto percibir ser burritos o chanchitos, y los niños pueden escoger libremente pareja a cualquier edad.

La locura no termina, la locura recién empieza, porque algunos estados han caído en la trampa de la deshibernación del oso del mal y lo han soltado en el aula donde el profesor ya no puede alzar la voz porque eso es una ofensa igual que mandar tareas a la casa; y si usted todavía está cuerdo, puede acceder fácil a las páginas de Agustín Laje para más ejemplos.

El que yo puedo dar es el que mi profesión de abogado me ha permitido conocer, por saber además algo de literatura y haber estudiado el amorfino

y las cartas de Amor en María, de Jorge Isaacs, y los amores imaginarios de don Quijote y Dulcinea.

Un piropo, señores, en el sistema penal de algunas naciones está considerado una forma de acoso y es una infracción legal.

De manera que, mañana, cuando usted le quiera decir a la más guapa del barrio: «andarás por la sombra, morena, porque los bombones se derriten con el sol«, piénselo bien. Podría ir preso.

Ya hablaremos a fondo de esto.