Muy a propósito del próximo Día de los Fieles Difuntos, les ofrecemos este relato conmovedor acerca de dos celebraciones ecuatorianas tradicionales dedicadas a honrar, la una a los “muertos chiquitos” y la otra a los “muertos grandes”, con un despliegue artesanal de ornamentos admirables y deliciosa gastronomía que superan, por su significado y primor, a las celebraciones importadas con fines puramente comerciales.

Por: Econ. Cecilia Calderón (Guayaquil, Ecuador) / ceciliacalderonprieto1949@gmail.com

Cuando octubre comenzaba a despedirse, las casas de nuestra gente se ponían en movimiento con una energía muy especial. En cada cocina —ese verdadero corazón del hogar— se respiraban olores embriagantes a almíbar, canela, pechiche y especias. Las señoras hacían gala de sus mejores artes culinarias, intercambiando secretos entre risas para que los manjares supieran mejor, mientras las jóvenes mamás corrían de arriba abajo cortando telas, cosiendo túnicas blancas y dando forma a unas pequeñas alas. Todo preparaba el escenario para una de las tradiciones más entrañables: la llegada de noviembre y la celebración dedicada a los difuntos, tanto a los «muertos chiquitos» como a los ¨muertos grandes¨.

Era una tarde del primero de noviembre, bajo el sol generoso de nuestra costa, cuando me encontraba recorriendo los pueblos al pie del mar que se extienden desde Ballenita hasta La Entrada, en lo que hoy llamamos la Ruta del Spondylus. Mientras avanzábamos en el carro, me llamó la atención ver grupos de niños que corrían por las callejuelas llenando el aire de algarabía. Vestían de blanco; algunos llevaban alitas de tela en la espalda, y otros, tiernas coronas de flores silvestres en la cabeza, por allá alguno con hábito de santo. Cada vez que el vehículo se detenía, nos rodeaban con una alegría desbordante, gritando a coro un enérgico: ¡Angelis, angelis!

Curiosa por saber el origen de tanta fiesta, me explicaron la hermosa creencia de nuestra península. El primero de noviembre, Día de Todos los Santos, es el Día de los Muertos Chiquitos. Cuando un niño parte antes de tiempo, se cree que lo hace en perfecta gracia de Dios; al no conocer el peso del pecado, se va derechito al cielo y se convierte en santo. La tradición guarda la dulce esperanza de que, en este día, Dios les permite bajar a la tierra para visitar a sus familias, y los suyos los reciben con las golosinas que más alegran a la infancia.

Aquella exclamación de ¡Angelis! resultó ser la abreviatura apresurada de un verso tradicional: ¡Ángeles somos, del cielo venimos y pan pedimos! Con este estribillo, los niños van de puerta en puerta donde las familias ya tienen listos panes, dulces, bocadillos y colada morada, celebrando la vida junto a esos pequeños ángeles terrenales y celestiales.

Siguiendo el viaje por la misma ruta, llegué a Cadeate. Al ser invitada a pasar a la casa de doña Etelvina, crucé la puerta y me quedé por un momento en completo silencio, envuelta en una atmósfera de profunda reverencia. En un rincón del cuarto principal, ocupando el sitio de honor de la cama, se alzaba un pulcro toldo de cielo cuadrado, totalmente blanco. Debajo de él, dos velas encendidas en candelabros improvisados iluminaban platitos llenos de suspiros, rosquitas, huevitos, alfajores, colaciones, y dulces de camote y guayaba, dispuestos con el esmero de una mesa de cumpleaños.

—Etelvina, ¿qué significa esto? —le pregunté con admiración. —Es la mesa de los Muertos Chiquitos —me respondió con una paz infinita en el rostro—. Hoy es su día, les preparamos los dulces que les gustaban para que vengan a visitarnos y nos colmen de bendiciones. Este es el espacio que hemos hecho con amor para recibirlos.

Apenas terminaba de asimilar la escena cuando oímos risas y carreras en la planta baja. Era la comparsa de los niños repitiendo su pregón. Etelvina y yo bajamos presurosas a recibirlos, entregándoles pan, dulces y unos vasitos tibios de mazamorra morada que ya tenía preparados para la ocasión.

Al día siguiente, continuando el recorrido, descubrí que la tradición se replicaba para los «muertos grandes», en cuyo honor se preparaba una “Mesa de Muertos” en la sala de la casa; aunque muchas familias preferían llevar las viandas directamente al cementerio. Allí, sentados junto a las tumbas, los parientes compartían no solo los alimentos, sino también la música, los cantos y el recuerdo vivo de los suyos.

Estas costumbres nuestras, tan llenas de luz, afecto y respeto por la memoria de los antepasados, contrastan tristemente con la tendencia de importar celebraciones ajenas, llenas de sin sentido.  Halloween, festejar a las brujas la noche anterior —el 31 de octubre— llena las vitrinas de comercios con figuras estridentes, calabazas plásticas, monstruos, vampiros, zombis, y calaveras que buscan aterrorizar. Es un despliegue puramente comercial que incita al consumo y desvaloriza nuestra propia identidad, rindiendo culto al miedo.

Ojalá que logremos divulgar y rescatar nuestras antiguas costumbres. Miremos el ejemplo de pueblos hermanos como México, donde honrar a los ancestros se ha convertido en una celebración de color, arte y sabores que abraza al mundo entero.

Mantener vivas estas tradiciones no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino fortalecer el lazo invisible que nos une a nuestros antepasados, sembrando en las nuevas generaciones el valor imperecedero de nuestra propia esencia.