El periodista David Ramírez Bravo rememora aspectos relevantes de la vida proficua que animó al educador y poeta manteño Stalin Valdivieso Morán, quien durante sus últimos años padeció a causa de consecutivas enfermedades catastróficas que lo llevaron a la muerte.
Por David Ramírez / N.Y., EE.UU.
El poeta no muere, simplemente adquiere otra dimensión, la de la inmortalidad; porque cada vez que leamos los versos que inspiraron su sensible corazón, no haremos sino celebrar su vida. Así es como percibo la partida de Stalin Valdivieso, quien para nuestra irreverente generación de principios de los ochenta, era una suerte de hermano mayor.
Eran tiempos en que cursábamos los últimos años de secundaria, entre otros: Carlos Teodoro Delgado, Galo Holguín, Damia Mendoza, Varinia Andrade, Víctor Arias y Ubaldo Gil; y junto a Stalin fundamos el taller de arte y cultura “Hugo Mayo”. Para entonces, él ya era profesor del Colegio Pedro Balda y, tempranamente, pintaba canas.
De esos años recuerdo su agudo sentido del humor, la prodigiosa vena creativa que lo distinguía, capaz de plasmar en poesía no solo el drama social, sino también los dolores del alma y entuertos del corazón. Sumado a ello la vitalidad por el deporte de sus amores: el básquet, de cuya relación nacería Soneto al Baloncesto (incluido en ‘La Esperanza es Verde Olivo’, uno de sus primeros libros) que transcribo a continuación.
La anaranjada esfera, tan airosa
en su armonioso viaje a la canasta,
es símbolo de paz, en la entusiasta
y noble juventud pundonorosa.
El coliseo entero que ovaciona
el cesto conseguido con destreza,
es derroche de lujo y de belleza
del deporte que vibra y emociona.
Y la iracunda «barra» enardecida
grita, salta, estremece el aposento,
y el equipo que gana muy contento.
Es abrazos y risas de victoria.
Comenta la afición enronquecida…
¡Qué partido! Uno más para la historia.
Stalin deja una profunda huella entre quienes disfrutamos de su amistad, así como en la sociedad manteña, particularmente por su compromiso con la educación. Fue rector fundador del Colegio San Mateo, el cual condujo por más de dos décadas.

En la primavera del año 1998 Stalin visitó Nueva York y juntos recorrimos varios museos y los lugares más icónicos de Manhattan. Y así, en mis visitas a Manta, siempre hubo un tiempo para reencontrarnos.
En una de esas veces, en el año 2003, Stalin tuvo una trombosis intestinal mesentérica, y los médicos le daban pocas probabilidades de sobrevivir.
Tal fue su gravedad, que entre sus amigos promovimos una reunión en su casa de la Calle 13. Fue un largo recital de tributo en vida para el moribundo Stalin.
En síntesis, el poeta regresó del más allá y cuando lo visité, días después, exclamé: ¡Vives! A lo que respondió a viva voz: ¡El cielo puede esperar!
Después de eso Stalin sobrevivió a varias cirugías, un infarto y un derrame. La última vez que lo vi fue en enero pasado; estaba muy deteriorado, sin habla pero completamente lúcido, y mientras conversaba con él solo asentía con la cabeza.
Bertha Elena, en su inquebrantable solidaridad y fiel al mandamiento de ‘juntos hasta que la muerte nos separe’, aprendió a interpretar sus movimientos y a leer sus ojos; y fue ella quien, al despedirme, me dijo que Stalin le había pedido decirme que estaba listo para emprender su último viaje… como en efecto ha ocurrido ahora al amanecer de un sábado.
Nueva York, abril 12 de 2025
