Se cuestiona la ligereza con que se decidió clausurar el Aeropuerto Reales Tamarindos y reconvertirlo en un espacio para el desarrollo de negocios privados. Se hace notar que toda ciudad moderna y funcional necesita de vías para la movilización rápida y segura.

JORGE LUIS BOWEN LOOR
Resulta difícil comprender por qué, cuando se menciona el aeropuerto Reales Tamarindos, hay quienes responden casi de manera automática que “a treinta minutos está el de Manta”, como si esa frase resolviera el problema. No es un argumento técnico ni una solución estructural; es, en realidad, una forma de resignación que revela indiferencia frente al daño histórico causado a Portoviejo.
Esa respuesta encierra una aceptación peligrosa: que a la capital provincial se le puede arrebatar infraestructura estratégica sin consecuencias, como si su desarrollo estuviera condenado a depender siempre de otras ciudades. Más grave aún, esa postura termina colocándose —consciente o inconscientemente— en contra de quienes aún defienden la reactivación del aeropuerto y luchan por devolverle a Portoviejo una herramienta clave para su desarrollo productivo, logístico y humano.
Lo alarmante es la ausencia de una defensa institucional clara. No existe una autoridad que asuma con firmeza la recuperación del aeropuerto como un objetivo prioritario. El silencio político y la indiferencia administrativa refuerzan la idea de que Portoviejo puede ser intervenida, mutilada o redefinida sin debate ciudadano ni visión de largo plazo.
A ello se suma una práctica aún más dañina: administraciones municipales que actúan como si la ciudad fuera de su propiedad. Se elimina o se altera aquello que no debería tocarse y, una vez consumado el daño, se propone un proyecto para justificar la intervención. No se planifica primero; se destruye y luego se intenta legitimar el error. Eso no es planificación urbana ni modernización: es improvisación con efectos irreversibles.
La mediocridad en la gestión pública no solo produce fracasos visibles; también frena el desarrollo productivo e intelectual de una sociedad. Envía un mensaje devastador a quienes ven en Portoviejo una ciudad con proyección: que pensar a largo plazo no vale la pena, que defender lo propio es inútil y que conformarse es la norma.
Por ello, es necesario señalar a todas las autoridades e instituciones llamadas a actuar: la Gobernación, la Prefectura, la Junta Cívica, las juntas barriales y parroquiales; los asambleístas de Manabí; el Ministerio de Transporte y Obras Públicas y la Dirección General de Aviación Civil; los representantes de Salud, Educación y Trabajo; los candidatos que dan la espalda a la ciudadanía y los medios de comunicación locales y cantonales.
La falta de aeropuertos no es un problema menor ni local. Es un tema gravísimo que afecta la estrategia y la seguridad a nivel local, provincial y nacional. Duele mucho escuchar que “hay capacidad de respuesta ante una emergencia”, cuando en la realidad un solo minuto puede salvar muchas vidas. La conectividad aérea no es un lujo: es una herramienta de respuesta inmediata, evacuación médica y protección civil.
Portoviejo no necesita comparaciones que la reduzcan ni discursos que justifiquen el retroceso. Necesita autoridades que entiendan que gobernar también es anticiparse a la emergencia, no lamentarla después, y una ciudadanía que no acepte el despojo como algo normal. Resignarse no es una opción cuando lo que está en juego es el futuro —y la vida— de la ciudad.
* Jorge Luis Bowen Loor, licenciado en Ciencias de la Información y máster en Comunicación Empresarial y Corporativa. Es ciudadano de la provincia de Manabí (Ecuador), pero hizo sus estudios universitarios en España, donde reside actualmente. Su ejercicio profesional inició en algunas radioemisoras manabitas, en Portoviejo y Manta.
