A propósito del mes de la lucha contra el bullying (acoso escolar), la atención sobre la convivencia escolar se vuelve prioritaria. El acoso entre pares no es un problema aislado, sino una realidad que impacta el desarrollo emocional, social y académico de niñas, niños y adolescentes.

En Ecuador, cifras del Ministerio de Educación y de UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) señalan que alrededor de 2 de cada 10 estudiantes han experimentado situaciones de acoso escolar, ya sea de forma física, verbal o psicológica.

Se trata de una realidad que plantea la necesidad de abordar el bullying no solo desde la reacción, sino desde la prevención.

Orígenes del comportamiento agresivo

El acoso escolar no surge de manera espontánea; en muchos casos está relacionado con dificultades en la gestión emocional, tanto de quienes ejercen la agresión como de quienes la reciben. Emociones como el enojo, la frustración, la inseguridad o la necesidad de pertenencia, pueden derivar en conductas agresivas cuando no existen herramientas para canalizarlas adecuadamente.

Educar emocionalmente no solo protege a quien podría ser víctima, sino que también previene que otros niños recurran a la agresión como forma de expresión”, explica Karen Yépez, directora de aprendizaje de Innova Schools.

Señales de preocupación

De acuerdo con Karen Yépez, es clave que las familias e instituciones educativas estén atentas a estos indicadores:

  • Cambios repentinos de comportamiento: Puede mostrarse irritable, triste; o aislarse sin causa aparente. También puede rechazar ir al centro educativo; o, tal vez, presentar actitudes más agresivas, desafiantes o intolerantes con otros.
  • Rendimiento académico y actitud escolar alterados: Un descenso injustificado en las calificaciones o desinterés en tareas y clases puede ser señal de alerta. También, si el menor evita hablar del colegio o si constantemente tiene conflictos con compañeros o llamados de atención.
  • Señales físicas o pérdida de pertenencias: Golpes, rasguños o ropa dañada sin una explicación clara, así como la pérdida frecuente de útiles escolares u objetos personales, pueden indicar que está siendo agredido o intimidado. En otros casos, puede traer objetos que no le pertenecen o no explicar su origen.
  • Reacciones emocionales o físicas: Dolores de cabeza, problemas para dormir, cambios en el apetito, ansiedad o irritabilidad general. Puede sentirse culpable, avergonzado o mostrar poca empatía frente a otros.

Además de las señales observables en la convivencia escolar presencial, es importante considerar el cyberbullying (acoso a través de computadores u otros dispositivos electrónicos enlazados mediante Internet) como una forma de asedio que puede ocurrir a través de redes sociales, chats, videojuegos en línea o plataformas digitales.

Las familias y docentes deben estar atentos a cambios emocionales después del uso del celular, miedo a revisar mensajes, aislamiento, ansiedad o rechazo repentino a conectarse.

Acompañar el uso responsable de la tecnología también forma parte de la prevención y protección emocional de los estudiantes.

Cómo fortalecer la inteligencia emocional

El enojo es una emoción natural, pero aprender a gestionarlo hace la diferencia. Tanto en casa como en la escuela, es posible fortalecer el autocontrol y la inteligencia emocional a través de prácticas concretas”, explica Karen Yépez.

  • Nombrar y validar emociones: El primer paso para gestionar una emoción es reconocerla. “Cuando un niño logra identificar lo que siente, da el primer paso para no actuar desde la impulsividad. Nombrar la emoción le permite tomar distancia y empezar a gestionarla”, explica la educadora.
  • Enseñar pausas antes de reaccionar: En momentos de enojo, el cuerpo reacciona antes que el pensamiento. Por eso, enseñar a hacer una pausa es fundamental. Técnicas simples -como respirar profundo, contar hasta diez o alejarse momentáneamente de la situación- permiten que el niño recupere el control antes de actuar. Estas herramientas ayudan a reducir la frustración y fomentar la gestión de emociones hacia decisiones más conscientes.
  • Fomentar la empatía: Para prevenir el acoso escolar, los niños deben comprender cómo se sienten los demás y cómo sus acciones pueden afectar a otros. “La empatía no surge de manera automática, se enseña. Cuando los niños aprenden a ponerse en el lugar del otro, disminuye significativamente la probabilidad de que ejerzan o normalicen el maltrato”, añade Karen Yépez.
  • Promover el diálogo y la resolución de conflictos: Generar espacios donde los chicos puedan expresar lo que sienten, escuchar al otro y construir acuerdos fortalece habilidades como la comunicación asertiva y la tolerancia. El acompañamiento adulto es clave para guiar estas conversaciones y enseñar que los desacuerdos pueden resolverse sin recurrir a la agresión.
  • Fortalecer la autoestima: Un niño que se siente seguro de sí mismo tiene más herramientas para enfrentar situaciones difíciles, poner límites y pedir ayuda cuando lo necesita. Reconocer el esfuerzo, validar sus logros y generar espacios donde se sienta escuchado contribuye a construir una autoestima sólida.

Responsabilidades de familia y unidad educativa

La prevención del acoso escolar (bullying) requiere un esfuerzo articulado. La escuela debe garantizar espacios seguros, fomentar el respeto y promover habilidades socioemocionales, mientras que la familia refuerza estos aprendizajes desde el hogar.

En un entorno cada vez más desafiante, enseñar a los niños a pasar de la frustración a la gestión de emociones es una herramienta poderosa para protegerlos y prepararlos para los desafíos del futuro.

FUENTE: Innova Schools Ecuador, mediante boletín y foto cursados a REVISTA DE MANABÍ por Salomé Tejada, de la consultora comunicacional Taktikee.