Comparto estas líneas al cumplirse un mes de su partida, seguro de que su luz seguirá guiando nuestros pasos.

Por David Ramírez* / @davidramirezPO

Mi padre nació en Baños de Agua Santa, provincia de Tungurahua, en 1931. Vivió casi cien años, lo que no da lugar a dudas que fue un hombre hecho de buen barro y, por si fuera poco, sobrevivió a dos terremotos y una pandemia en dos milenios y dos siglos diferentes.

En 1949 mi padre frisaba los 18 años cuando el llamado ‘terremoto de Ambato’ devastó esa ciudad y varios pueblos aledaños, incluyendo a Baños, y donde murieron más de 6.000 personas, entre ellas, su familia. En el 2016, es decir 76 años después, cuando tenía 85 años, vivió para contar lo que la furia de la naturaleza hizo con Manta y Portoviejo; pero esta vez –afortunadamente– nuestra familia no sufrió el impacto.

Don Vicente Ramírez. / FOTO cortesía de David Ramírez B.

Más allá de describir ese halo de inmortalidad que aseguraba que tenía mi padre y que me llevó a pensar que sería eterno, hoy que ya no está, miro en retrospectiva su invaluable legado, su dedicación para que nunca nos faltara nada y su resiliencia para afrontar los avatares de la vida.

A mediados de los noventa, mi padre, con alrededor de 64 años, llegó a Nueva York. Pensábamos que nos acompañaría unas semanas; mas, su estancia se prolongó por casi una década. Esos años fueron una bendición para mi hogar; tener al abuelo fue un regalo irrepetible para la niñez de mis hijas María José y Jamilé (Naomi nació pocos meses antes de que él retornara a Ecuador).

Mi padre era muy dichoso llevándolas a la escuela en las mañanas, las recogía por las tardes y las cuidaba amorosamente hasta que Jacque y yo volvíamos, en la noche, de nuestra rutina de trabajo.

Recuerdo la fatídica mañana de los ataques a las torres gemelas, el 11 de septiembre del 2001. Nueva York era un caos, toda la gente se precipitó a buscar en las escuelas a sus niños; mi padre rescató a mis hijas y se refugió en casa. Fueron largas horas de incertidumbre que quedaron en la historia.

En la ciudad de Manta, Ecuador, en un aparte durante la velación al cuerpo inerte de don Vicente Ramírez: Trajano Andrade Viteri, Rubén Suárez, José Risco Intriago, David Ramírez Bravo y Timoshenko Chávez. / FOTO cortesía de T. Chávez

Mi padre tenía un sentido innato de solidaridad. Estaba revestido de infinita bondad, no solo para con sus seres queridos, sino con todo aquel con el que entablara amistad. Sociable como era, se colmó de amigos de varias nacionalidades, enriqueciendo además su experiencia neoyorquina con esforzado trabajo, con lo que continuó proveyendo con esmero a la familia en Ecuador.

Guardo las vivencias, con las que crecí junto a mis hermanas, como los mejores recuerdos que cimentaron mi formación. En casa se leía religiosamente ‘El Universo’ y a través del periódico yo seguía la carrera espacial de entonces entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.

El 20 de julio de 1969 tenía seis años cuando, sentado sobre las piernas de mi padre, en un televisor blanco y negro vi ese paso monumental que fue para la humanidad, que el módulo ‘Eagle’ de la misión Apollo 11 se posara sobre la luna.

El juguete más esperado por los niños del mundo en la Navidad de ese año fue el módulo lunar, por supuesto. Mi padre me lo regaló. Este pasaje de infancia marcaría el inicio de mi interés por los temas científicos, sociales y políticos, que a la postre moldearon el periodista que soy en el presente.

Años después visité la estación de la NASA en Cabo Cañaveral, Florida, desde donde se hicieron los lanzamientos espaciales; y, mientras recorría el hoy museo con mis hijas y mis nietos, les conté esta anécdota con mi padre.

En 1997, en Washington, D.C.: Vicente Ramírez y María José Ramírez, durante una marcha por los derechos civiles, portando una pancarta de El Diario de Nueva York. / FOTO cortesía de David Ramírez

Recuerdo la pasión de mi padre por los deportes. Inculcó en mí la costumbre de hacer caminatas después de cada comida; trotábamos juntos; recorríamos grandes distancias en bicicleta; y, aunque soy ‘zurdo’ como lo fue él, no heredé sus destrezas en el fútbol y el voleibol.

Tenía una hábil y portentosa izquierda, de tal forma que su inclusión en los equipos era disputada; pero, como cité, no heredé esas virtudes. Sin embargo a la larga me decanté por el atletismo, fui velocista y corredor de medio fondo; lo que no imaginé jamás fue que, casi llegando a los sesenta años, empezaría a correr maratones junto a mi hija Jamilé.

A la fecha hemos cruzado la meta en las más importantes del mundo: Berlín, Londres, Chicago, Boston, Miami, Nueva York; y están pendientes las de Tokio, Atenas, Roma y París. En estas pruebas, el espíritu y la inquebrantable disciplina de mi padre estuvieron conmigo y estoy seguro que nos continuará inspirando.

En las honras fúnebres para don Vicente Ramírez, en Manta, constan desde la izquierda: Medardo Mora Solórzano, rector fundador de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM); Miriam, David y Genoveva Ramírez Bravo, hijos del difunto. / FOTO cortesía de David Ramírez

El pasado 22 de septiembre, en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, se realizó el reconocimiento a la Cultura Manteña, acto que rindió tributo al esplendoroso pasado de Manta, la ciudad que mi padre honró gran parte de su vida.

Una semana después, el 29 de septiembre, su vida se apagó. Ha partido satisfecho. Llegué a mostrarle videos y fotos del evento y percibí el inmenso orgullo que sintió por este logro histórico que convocó a amplios sectores y en el que, de manera particular, hemos estado involucrados como familia. Sobre todo pienso que, en esta cruzada de algunos años, el inquebrantable y tenaz espíritu que caracterizó a mi padre, fue un gran valor que prevaleció en mí para alcanzar esta meta.

Nueva York, octubre 22 de 2025.

* David Ramírez Bravo es periodista en ejercicio y está radicado en Nueva York desde hace más de tres décadas. Nacido en Portoviejo y con formación profesional obtenida en Manta (ciudades de la provincia de Manabí, Ecuador), mantiene indisoluble su compromiso con la prosperidad y el desarrollo social de la urbe que lo educó y lo unió con quien hoy es su compañera de vida.