Resumen histórico de los macabros asesinatos que, por odio, segaron la vida de prominentes militares llegados al poder político tras la Revolución Liberal de finales del siglo 19. Entre los mártires consta el manabita y ex presidente de la República, general Eloy Alfaro Delgado.

Joselías, 2026-01-28 / sjoselias@gmail.com
Hola. Comunicar la verdad siempre ha sido una de las grandes aspiraciones de la honestidad y la integridad de la humanidad.
Evocar la memoria histórica, lo consideramos como el esfuerzo consciente de los seres humanos para entroncar su pasado, real o imaginario, valorándolo y tratándolo con especial respeto.
Hace 114 años, Ecuador vivió dos horrendas tragedias que enlutan la historia ecuatoriana.
En Guayaquil, el arrastre, descuartizamiento e incineración del Gral. Pedro J. Montero, el 25 de enero de 1912. Y,
En Quito, el arrastre, descuartizamiento e inmolación del Gral. Eloy Alfaro Delgado y cinco de sus cercanos colaboradores, el 28 de enero de 1912.
Estas dos ciudades tienen para sí este lacerante pasado que desdibuja la cultura ecuatoriana hasta los abismos más insonsables de la barbarie.
La hoguera bárbara de Guayaquil
Así es denominada la barbarie de Guayaquil que el 25 de enero de 1912, en la Gobernación, se asesina al Gral. Pedro J. Montero.
Su cadáver es arrojado a la calle. La soldadesca ebria y una mutitud enloquecida lo desnuda, descuartiza, le arrancan los dedos con los anillos, le cortan la cabeza, los brazos y los testículos.
Atan los restos del cuerpo y lo arrastran hasta la Plaza Rocafuerte donde lo incineran mientras, en una danza macabra, cabeza y corazón, son exhibidos y finalmente llevados al cuartel.
El tigre del Bulubulu
Pedro J. Montero Maridueña, nacido en Yaguachi, desde temprana edad mostró su vocación militar. Es hijo de Pedro José Montero Ramos y de Mercedes Maridueña Quezada,
A sus 21 años vive la Batalla de Mapasingue que le puso fin al sangriento gobierno de Ignacio de Veintimilla. Allí conoce a Alfaro y se convierte en uno de sus más leales colaboradores. Juntos participan en todas las campañas militares de la revolución alfarista, hasta el triunfo del 5 de junio de 1895.
Como buen militar, sirve desinteresadamente durante los gobiernos de Alfaro y Leonidas Plaza Gutiérrez.
Mientras se desempeña como jefe de la Guarnición de Guayaquil, el 21 de diciembre de 1911, fallece el presidente Estrada y se desatan las ambiciones políticas, mientras Carlos Freile Zaldumbide se encarga del poder.
La pretensión del Gral. Leonidas Plaza Gutiérrez es asumir el poder. Aquello desata la protesta de los liberales radicales quienes, frente al “peligro conservador” y el “peligro placista”, se levantan en armas.
El Gral. Flavio Alfaro Santana se proclama jefe supremo de Manabí y Esmeraldas. En tanto, el Gral. Montero se proclama jefe supremo de Guayaquil.
Tratado de Durán
Frente a la lucha armada que desata el gobierno de Quito, el Gral. Montero llama a Eloy Alfaro, desterrado en Panamá, para entregarle el mando.
En los primeros días de enero 1912 y en sangrientas batallas que tienen lugar en Huigra, Naranjito y Yaguachi, se enfrentan las fuerzas gobiernistas comandadas por Leonidas Plaza Gutiérrez y las fuerzas revolucionarias que van perdiendo terreno.
Para evitar mayor derramamiento de sangre y con la intervencion del Cuerpo Consular, el Gral. Montero capitula y se firma el Tratado de Durán que garantiza el respeto a la vida de los vencidos.
“Voy a morir”
Leonidas Plaza Gutiérrez, general vencedor, no respeta la capitulación suscrita ni la intervención consular. El 25 de enero de1912, dispone el apresamiento del Gral. Pedro J. Montero. Es conducido a la Gobernación de Guayaquil para un Consejo de Guerra.
Efrén Avilés Pino, en su Enciclopedia del Ecuador, narra así los hechos:
”En medio de alarmantes presagios, y de una turba de soldados disfrazados de civiles y de centenares de paisanos que secundaban a los primeros, se instaló el tristemente célebre Consejo de Guerra.
Poco antes de las nueve de la noche se leyó el veredicto en el que se declaraba que “por estar abolida la pena capital en nuestro Código fundamental, en nombre de la República y por autoridad de la Ley, se condena al mencionado reo Pedro J. Montero a la pena de reclusión mayor extraordinaria, diez y seis años de presidio, previa formal degradación militar que se efectuará en la plaza pública y en presencia de todo el ejército”.
“La soldadesca sedienta de sangre protestó por el fallo. Gritos atronadores y salvajes pedían la cabeza del sindicado. Es ese instante supremo y viendo la muerte cara a cara, se irguió Montero y dijo a sus enemigos con arrogancia:
- “Quieren mi vida, está bien, la daré mañana”.
- “No mañana, ¡ahora mismo!, le contestó una voz entre la turba. En ese momento el teniente Alipio Sotomayor le disparó un tiro en la frente y cayó sobre su víctima a ultimarle a culatazos…” (Eduardo Muñoz Borrero.- En el Palacio de Carondelet, p. 311).
Barbarie
El cadáver de Montero “fue arrojado por un balcón a la calle, donde la soldadesca ebria, que era toda la multitud, lo recibe con nuevos ultrajes; allí es desnudado, pillado, descuartizado, profanado; se le arrancan los anillos con los dedos, se le corta la cabeza, los brazos, los testículos… al fin los caníbales ebrios, atan una cuerda al cadáver y lo arrastran hacia una plaza cercana para incinerarlo…” (J. M. Vargas Vila.- La Muerte del Cóndor, p. 111).
Mientras el cadáver era consumido por las llamas en la Plaza Rocafuerte, al pie de la Iglesia de San Francisco, su cabeza y corazón fueron exhibidos en macabra danza y finalmente llevados al cuartel.
“Casi una hora dura el canibalesco festín, Plaza, Navarro y Andrade, en una sala contigua al lugar de la audiencia, presencian el linchamiento y el arrastre…” (Roberto Andrade.- Sangre: Quién la Derramó?.- p. 104).
Al día siguiente, su esposa Teresa de Montero, reclamará la entrega de los restos de su marido.
La hoguera bárbara de Quito
Tres días después, el 28 de enero de 1912, tiene lugar “La Hoguera Bárbara de Quito”. Eloy Alfaro Delgado y cinco de sus leales colaboradores son asesinados en el Panóptico García Moreno. Sus cadáveres, arrastrados por las calles de Quito hasta el parque de El Ejido donde son descuartizados e incinerados.
En la tarde de aquel fatídico 28 de enero, en el parque de El Ejido, se esparce un fuerte olor a carne quemada.
En una pira humeante, arden los restos del general Eloy Alfaro y sus principales lugartenientes: Medardo Alfaro, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano y el periodista Luciano Coral.
José Eloy Alfaro Delgado nace en Montecristi, Manabí, el 25 de junio de 1842. Su muerte y su arrastre por una turba sedienta de sangre, en Quito, el 28 de enero de 1912, es considerada como un hecho abominable que, Alfredo Pareja Diezcanceco describe como una hoguera bárbara, mientras J. Vargas Vila la perenniza como la muerte del cóndor.
Testigo
La muerte, arrastre e inmolación de Alfaro es descrita, de manera descarnada, por el cónsul británico en Ecuador, Mr. Griffith, quien le informa a Sir Edward Grey, secretario de Asuntos Exteriores:
“… en la mañana del domingo llegaron ellos a la capital (Alfaro y los demás prisioneros), y fueron llevados a la penitenciaría en automóviles por vías marginales. Pronto se extendió por la ciudad la noticia de su llegada, y la multitud, que había tratado de sacarlos de los automóviles en el trayecto del ferrocarril a la penitenciaría, sin éxito, gradualmente fue tomando proporciones gigantescas y, finalmente, derribó las puertas del edificio, ingresó en él y masacró a los prisioneros en sus celdas.
“Despojaron los cuerpos de sus vestidos, dineros y joyas y luego marcharon en procesión, en número de unos 10.000, a través de las calles, portando banderas y estandartes, y arrastrando los cuerpos por los pies con sogas. Pasaron por esta legación a eso de la 1 p.m. en su camino a la Plaza de Armas, donde prendieron fuego a sus cuerpos.
En esta demostración, las mujeres tomaron parte prominente y se gozaban en el honor de pagar los funerales de los restos de Flavio Alfaro.
“Yo he presenciado muchas revoluciones e insurrecciones en muchos países, pero jamás he presenciado un procedimiento tan abominable y sediento de sangre como el que se llevó a cabo en esta ocasión, con el silencio y consentimiento de las autoridades (era presidente encargado del poder el Dr. Carlos Freile Zaldumbide; ministro del Interior, Octavio Díaz, y ministro de la Guerra, Juan Francisco Navarro, que tenían que brindar las garantías debidas a los prisioneros).
El Gobierno ha exhibido un tipo de criminal negligencia al no haber tomado medidas adecuadas para proteger la vida de estos hombres, que fueron traídos acá para ser juzgados, pero que virtualmente fueron entregados al pueblo que estaba sediento de sangre, como los primeros cristianos que eran lanzados a los leones en el anfiteatro romano; y esto merece, como es seguro que se reciba, la justa condenación de todo hombre bien pensante y de todo país civilizado…”.
El odio ecuatoriano
El odio es un sentimiento maligno. Un sentimiento de repulsa intensa hacia alguien que provoca el ánimo de hacer daño o de que le ocurra alguna desgracia.
Ese odio, a principios del siglo 20 produjo dos terribles hogueras bárbaras. Vivimos el siglo 21. Vuelvo a preguntar: ¿Ha desaparecido el odio entre ecuatorianos? (Joselías, 2026-01-28)
* José Elías (Joselías) Sánchez Ramos, historiador y escritor. Ha sido educador en los tres niveles formales acreditados por el sistema educativo ecuatoriano. Periodista de vocación y formado en la universidad (Fundó la Escuela de Periodismo que lleva su nombre en la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí – ULEAM, en la ciudad de Manta). Preside el Comité Cívico de la Memoria Histórica de Manta, cantón cuyo gobierno da cobijo a esa entidad. Nació y reside en la urbe manteña, donde se halla el puerto principal de la provincia de Manabí, República del Ecuador.
