El articulista hace notar que la historia más conocida del caudillo ecuatoriano es la construida a partir de su magnicidio bárbaro e injustificado, pero que se omite deliberadamente su condición de líder dominante y arbitrario, incapaz de conciliar los múltiples y diversos intereses de la sociedad nacional.

Periodista Jorge Luis Bowen Loor.

JORGE LUIS BOWEN LOOR

jorgebowen@hotmail.es

Eloy Alfaro ocupa un lugar privilegiado en el panteón político ecuatoriano. Su nombre se repite en discursos, libros, monumentos y efemérides como si se tratara de una figura incuestionable. Sin embargo, detrás del héroe consagrado y del mártir repetido existe una historia deliberadamente incompleta, suavizada por intereses políticos, culturales y económicos.

Poco se dice que Alfaro no fue un demócrata en el sentido moderno del término. Fue un caudillo armado que llegó al poder a través de la guerra civil, no de consensos institucionales. Gobernó en un contexto de violencia permanente, ordenó fusilamientos, persiguió adversarios y contribuyó a una inestabilidad política que marcó al Ecuador durante décadas. Estas responsabilidades suelen desaparecer del relato oficial.

El crimen cometido contra él en enero de 1912 fue brutal e injustificable. Pero ese final trágico ha sido utilizado como un mecanismo de absolución histórica. La violencia de su muerte ha servido para borrar o minimizar la violencia ejercida durante su vida política. El personaje queda reducido a víctima, y el análisis crítico es reemplazado por la épica.

Durante el siglo XX, esta visión fue consolidada desde la literatura, la academia y el discurso cultural, hasta convertir a Alfaro en símbolo intocable. Con el correísmo, el proceso alcanzó una nueva dimensión. Rafael Correa se proclamó heredero político del alfarismo y, apelando incluso a un vínculo familiar, impulsó una política sistemática de monumentalización financiada con recursos públicos.

El ex presidente Alfaro consta junto a su esposa.

Parques, estatuas, complejos conmemorativos y homenajes dentro y fuera del país transformaron a Alfaro en una marca política. La memoria histórica fue convertida en escenografía y el pasado en herramienta de propaganda. No se trató de una revisión crítica, sino de una apropiación simbólica del poder.

Mientras se levantaban monumentos, se evitó deliberadamente discutir el caudillismo como uno de los grandes males estructurales del Ecuador. No se habló de la fragilidad institucional heredada ni de cómo el personalismo político se repite cíclicamente bajo distintos nombres y proyectos. El mito resultó más útil que el análisis.

Seguir repitiendo una versión edulcorada de Alfaro no contribuye a entender el país. Al contrario, perpetúa una épica falsa que impide aprender de los errores históricos. Revisar críticamente su figura no es un ataque a la memoria, sino una obligación intelectual.

Lo que no se ha dicho de Alfaro es, precisamente, lo que el Ecuador necesita escuchar: que los caudillos, incluso los convertidos en símbolos, no construyen repúblicas sólidas. Y que mientras la historia siga siendo utilizada como botín político, el país seguirá atrapado entre monumentos y silencios.

* Jorge Luis Bowen Loor, licenciado en Ciencias de la Información y máster en Comunicación Empresarial y Corporativa. Es ciudadano de la provincia de Manabí (Ecuador), pero hizo sus estudios universitarios en España, donde reside actualmente. Su ejercicio profesional inició en algunas radioemisoras manabitas, en Portoviejo y Manta.