Doña Cecilia Calderón de Castro ha tenido el oportuno acierto de utilizar un poco de su tiempo para contarnos la historia de una bebida ecuatoriana que se prepara y toma en honor de las almas que nos precedieron en el viaje al más allá. Y junto al relato histórico nos hace saber cómo se prepara dicha bebida deliciosa, que se brinda especialmente durante la fecha en que se recuerda y enaltece a los difuntos.

Por: Econ. Cecilia Calderón de Castro (Guayaquil, Ecuador) / ceciliacalderonprieto1949@gmail.com

Ecuador, por ser un país plurinacional y multiétnico, es una sociedad rica en tradiciones, con manifestaciones culturales exquisitas que nos dan identidad y gestan los procesos de cohesión social de generación en generación. Por eso, debemos fomentar la transmisión de estos valores culturales para fortalecer los lazos que nos hermanan y nos hacen renacer la esperanza de nuestro futuro.

Una de las tradiciones que me encanta de mi país es la colada morada, que se prepara y se disfruta para Finados. Esta costumbre proviene del culto a los muertos que rendían nuestros antepasados indígenas y que se mantiene latente en el alma de los ecuatorianos.

Dice la historia que los pueblos originarios de nuestro Ecuador tenían el pleno convencimiento de que había una vida después de la muerte; por tanto, había que honrar a las personas cuando su cuerpo se entumecía, porque su alma iba a las regiones de luz y gloria, de la misma manera que se las honraba cuando vivían entre los mortales. Ellos creían que, en la vida del más allá, las personas sentían deseos y necesidades; por ello las enterraban con sus objetos favoritos. También creían que un día al año —el Día del Recuerdo de los Muertos— sus espíritus regresaban para visitar a amigos y familiares, quienes los esperaban con comida, flores y música.

La leyenda cuenta que, cuando llegaron los españoles por estas tierras, encontraron que, en homenaje a los muertos, cada familia tenía la costumbre de beber una deliciosa chicha hecha de maíz negro, perfumada con hierbas del campo y enriquecida con frutas silvestres, la cual era convidada entre familiares y vecinos que asistían a las comidas de los difuntos.

Fue fácil unir la tradición indígena respecto a los muertos con la creencia cristiana de la vida eterna de aquellos que mueren gozando de la gloria de Dios. Por ello, desde México hasta el sur de América, el Día de Difuntos o Día de los Muertos se celebra con alegría: haciendo altares domésticos con comida, flores, fotografías y objetos queridos de nuestros seres amados; visitando las tumbas con música y ofrendas; o compartiendo alegrías y potajes especiales como nuestra colada morada.

Aquí en nuestra patria, en la provincia de Santa Elena, el 1 de noviembre se celebra a los «muertos chiquitos«, pues es el Día de Todos los Santos y ellos lo son. Los niños se disfrazan de ángeles y piden pan de casa en casa, donde se los brindan junto con la colada morada y otras golosinas.

La preparación de la colada morada es un ritual que hay que tratar de seguir al pie de la letra para que sepa realmente como un manjar de dioses. Esta tradición se sigue en todo el Ecuador, aunque —según la región— tiene sus variantes, sofisticaciones y el toque especial que le da cada familia. Es costumbre intercambiar coladas moradas entre vecinos, amigos y familiares para degustar y comparar cuánto amor se ha puesto en la elaboración. Así, el Día de Difuntos se convierte en el día de la amistad y de la alegría por la esperanza de vernos reunidos algún día, más allá, en el cielo.

Trataré de explicarles el proceso de la tradición de la colada morada de mi familia, ahora con un toque de la que hace mi hermana Beatriz, quien ha vivido muchos años en Quito. De la receta de mi abuelita, que es la que hago yo, la colada se perfuma con naranjillas, piña, ciruelas maduras y mamey Cartagena; de la receta de Beatriz, se adicionan mortiño, babaco, frutillas y moras.

Recreación gráfica cortesía de Cecilia Calderón de Castro, Guayaquil, Ecuador.

La colada morada se hace con harina de maíz negro, una variedad muy especial de maíz autóctono de América. Se cosecha el maíz, se seca al sol y se muele; el resultado es una harina de color morado y de un delicioso y sutil olor. El día anterior a la preparación de este potaje, se cierne la harina dos veces para que los gránulos queden sueltos y ligeros; luego se la deja remojando en agua toda la noche para que fermente un poquitín.

Al día siguiente, se pone a hervir en una gran olla de agua un ladrillo de panela y especias de olor: canela, pimienta de olor, clavo de olor, anís estrellado e ishpingo. Cuando las especias han pasado sus aromas al agua después de hervir unos veinte minutos, se agregan las hierbas: hierba luisa, hoja de naranja, arrayán, ataco y cedrón. Se espera a que la olla vuelva a hervir y se apaga la candela luego de unos diez minutos. Esa agua olorosa y dulce se deja reposar hasta que enfríe.

Mientras tanto, se pica la piña en trocitos cuadrados y se la pone a tomar punto en un sartén, al igual que el mamey de Cartagena en otro sartén. Aparte, se hace un rico jugo de naranjilla y se pone a hervir con las ciruelas, aunque se dejan unas cuantas enteras para servirlas en cada vaso.

Muestra de ingredientes utilizados para elaborar la colada morada (Recreación gráfica cortesía de Cecilia Calderón de Castro, Guayaquil, Ecuador).

Ha llegado el momento crucial de la preparación: en esa agua dulce y olorosa se comienza a disolver la harina, moviendo lenta y constantemente. Se adicionan poco a poco los jugos de las frutas y se sigue moviendo hasta que empiece a hervir y se cocine la harina, unos quince minutos. Es el momento de decidir el espesor, corrigiendo con los jugos de naranjilla y ciruelas, pues a algunos les gusta como chicha y a otros como mazamorra. Finalmente, es el momento de echar las frutas, dejar hervir un poquito más, volver a decidir el espesor, probar el dulzor y corregir si fuese necesario.

¡Y listo! Ya tienes la famosa y deliciosa colada morada, que puedes comer caliente o fría, como mazamorra o como chicha, dependiendo de los gustos. A mí me gusta espesita, helada y comérmela con cucharita.

Esta deliciosa colada une en sus ingredientes las tres regiones geográficas del Ecuador: el ishpingo es la flor de la canela, árbol de nuestra Amazonía que usan nuestros indígenas para perfumar sus chichas; el ataco, el cedrón y el arrayán son hierbas de la Sierra, al igual que el maíz morado; y las frutas provienen de todas las regiones.

Para mí, sin ciruelas no hay colada morada, aunque falten los mortiños. Pero estoy segura de que algunos serranos nunca habrán tomado colada morada con ciruelas y mamey de Cartagena. Eso sí, todas las versiones son deliciosas, y con ellas honramos a nuestros muertos, que están presentes en nuestro corazón y que sabemos que viven y esperan reunirse con nosotros.