Desde tiempos que se pierden en la memoria de las abuelas, a las Marías, por cariño, les decimos «Mariquitas»; esto es, una María chiquita, graciosita, bonita.

Contaba mi papá que, cuando él era niño, pasó algunas vacaciones donde la tía Elvira, quien vivía en una gran casona en Posorja. La casa tenía un corredor enorme del que colgaban las hamacas y donde los chicos se mecían a más no poder. Cuando chirriaban los soportes por la fuerza de la mecida, la tía gritaba: «¡Sosiégate, muchacho!». De inmediato paraba la diversión, pues la suya era una verdadera voz de mando.

Ella, en recompensa por ser niños sosegados, al atardecer les contaba cuentos, leyendas y anécdotas. A mi padre se le quedó grabado en la memoria el cuento de la Mariquita, el cual le sirvió años después, durante su campaña presidencial, para explicar al pueblo las diferentes actitudes de los partidos políticos frente a las obligaciones cívicas que les corresponden; cómo unos colaboran en todos los momentos en que la Patria los necesita y cómo otros solo aparecen frente al banquete electoral o del poder.

La leyenda va así: Había una vez una familia muy grande, en la que la madre —responsable de todas las tareas domésticas— llamaba a sus hijos para que le ayudaran. Así, cuando tocaba lavar, se instalaba en su tina con sus vástagos para jabonar, enjuagar y exprimir. Pero siempre faltaba Mariquita, por lo que ella la llamaba: —¡Mariquita, ven a lavar! La joven contestaba: —No tengo manos, no tengo pies. Y seguía muy oronda, mécete que mécete en la hamaca.

Otras veces, había que ayudar en la cocina; todos acudían a escoger el arroz, a picar la cebolla o a asar los verdes. Pero Mariquita se escabullía a jugar y la madre la llamaba: —¡Mariquita, ven a cocinar! La joven contestaba: —No tengo manos, no tengo pies. Y seguía oronda en sus juegos.

Otras veces tocaba barrer, y la madre llamaba: —¡Mariquita, ven a barrer! La joven contestaba: —No tengo manos, no tengo pies. Andaba siempre ensimismada en sus asuntos.

Sin embargo, a la hora del almuerzo o de la cena, cuando la madre exclamaba: «¡¡¡A la mesa!!!», Mariquita corría y se presentaba diciendo: —¡Aquí están mis manos, aquí están mis pies! Igualmente, el sábado por la tarde, a la hora del paseo, apenas la llamaban: «¡Mariquita, ven a pasear!», corría la primera y decía: —¡Aquí están mis manos, aquí están mis pies!

Mi padre explicaba que, durante la dictadura militar, cuando el pueblo clamaba a los políticos para que lo defendieran de los atracos y atropellos de ese gobierno de facto, estos habían dicho, como la Mariquita: «¡No tengo manos, no tengo pies!». Pero cuando se convocó a elecciones, salieron de inmediato gritando: «¡Aquí están mis manos, aquí están mis pies!», para pedir el voto a los ciudadanos y lograr asistir al banquete del poder.

Mi padre, el Econ. Abdón Calderón Muñoz, por el contrario, durante los gobiernos dictatoriales del siglo XX defendió siempre las causas populares, lo que le valió el mote de «Fiscal del Pueblo», muchos carcelazos, destierros, persecuciones y, finalmente, su muerte, ordenada por uno de ellos.

De esta vivencia y de las palabras de mi padre aprendí una lección profunda que me acompaña hasta hoy: que la verdadera vocación y el amor a los demás no se miden en las horas de abundancia, sino en los momentos de sacrificio. El oportunismo siempre encuentra excusas para esconder las manos cuando hay que trabajar o luchar, pero le sobran pies para correr hacia el beneficio propio. La historia de mi padre me enseñó que la coherencia y la entrega por la justicia valen la pena, incluso a costa de la propia libertad, porque las manos que se ofrecen para servir de verdad son las únicas que dejan una huella imborrable en la historia.                                   

Se repite la historia…. El pueblo clama a Mariquita, pero no tiene manos ni tiene pies.  Ha llegado la hora del banquete del poder, responden cientos de cientos que estaban mudos. La democracia peligra, pues no hay partidos políticos sino empresas electorales que comercian con la voluntad popular.

Cecilia Calderón de Castro. FOTO de 2019, tomada de Wikipedia.

FUENTE: La autoría del artículo periodístico que antecede corresponde a la señora economista Cecilia Calderón Prieto de Castro (Guayaquil, Ecuador), y su publicación en REVISTA DE MANABÍ obedece a la cortesía del señor ingeniero comercial Pedro Pablo Jijón Ochoa quien, sabiendo la valía expositora de aquella dama, le solicitó que compartiera su opinión escrita con los lectores de nuestro medio y ella así lo ha dispuesto generosamente.

La señora Calderón de Castro es hija del economista Abdón Calderón Muñoz, político liberal fundador del Frente Radical Alfarista (FRA), con cuyo patrocinio fue candidato a la Presidencia de la República en 1978, durante la transición del régimen militar dictatorial a uno democrático; pero el 9 de diciembre de 1978 murió en Miami (EE.UU.) tras haber sido malherido a tiros en Guayaquil cuando salía de la Logia Masónica, el 29 de noviembre de dicho año. Este asesinato fue atribuido a un alto mando de la Junta Militar de Gobierno, inconforme con las denuncias que hacía el político contra la corrupción gubernamental.

Doña Cecilia siguió los pasos de su fallecido padre; y, primero, luchó para esclarecer esa muerte prematura y castigar a sus autores, y luego continuó su participación en política como legisladora, vicepresidenta del Consejo Provincial de Guayas y miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales, entre otras representaciones.