Breve relato histórico acerca del proceso cívico emancipador fraguado por un pequeño pueblo de la provincia de Esmeraldas, que durante la decadencia del coloniaje español se sumó a los levantamientos criollos que llevaron a la independencia total del territorio perteneciente a lo que hoy es la República del Ecuador, Suramérica.
Por: TONNY GONZÁLEZ PALACIOS

Para la historia oficial, los sucesos del país tan solo ocurrieron en las ciudades mayores del país, que involucraron a sus personajes destacados. Esta afección de la narrativa manifestada en la visión urbano centrista, que considera no relevante o de menor importancia los hechos y acontecimientos fuera del contexto urbano, conlleva a menguar o eludir los acontecimientos y subvalorar el evento, en desmerecimiento de las culturas regionales o periféricas.
En Río Verde, parroquia de la capital Esmeraldas, sobre su calle central, luce orgulloso -aunque solitario- un pequeño obelisco, testimonio de una heroica gesta de ciudadanos que el 5 de agosto de 1820 se adelantaron y levantaron contra el poder español, siendo por lo tanto un movimiento patriótico efectivamente precursor de que Ecuador se independizara de España.
A Esmeraldas -la heroica o invicta como la llamara con acierto Eloy Alfaro- la Colonia le llegó tardíamente, pues la bravura de sus habitantes hizo fracasar alrededor de treinta expediciones españolas; por ello los cronistas españoles la señalaban como “territorio de tribus violentas y salvajes”. A esto se sumaba el reconocido poder que gestara ALONSO DE ILLESCAS (El gran capitán negro), que junto a los suyos estableció numerosos palenques (agrupaciones de libertos y cimarrones), constituyendo, desde Buenaventuras hasta el norte de Manabí, un territorio controlado por las organizaciones de pobladores afrodescendientes, al que algunos investigadores han llegado a designar como la República Negra del Pacífico.
Solamente las negociaciones con Illescas pudieron permitir a los españoles penetrar a este territorio, siendo el sacerdote Miguel Cabello de Balboa la cabeza de puente para debilitar este poder. Posteriormente, la designación del sabio ecuatoriano Pedro Vicente Maldonado como gobernador de Atacames, quien con una labor inteligentemente disuasiva logra que se produzca un periodo de aparente pacificación.
Esta provincia quedó marcada, pues parece ser que se ensañó la codicia y la violencia con que actuaron los conquistadores. Es por ello que a través de los informes de los gobernadores y otros documentos de la época, siempre se reportó la evidente acción de atropello, depredación, abuso e injusticia de los detentadores del poder.
César Nevil Estupiñán y Julio Estupiñán, en sus importantes estudios históricos sobre la provincia de Esmeraldas, son coincidentes en valorar la violencia opresora del blanco. César Nevil glosa de las “Crónicas Imaginarias” un extenso texto cuyo autor es J. Manuel Caicedo, sobrino del obispo Cuero y Caicedo, del cual tomamos una cita puntual que dice mucho: “los horrores y las injusticias no tienen nombre y no sé hasta dónde se extenderán.”
La inconformidad reinante ya había anunciado sus sonidos con el 10 de agosto de 1809 y el 2 de agosto de 1810, siendo el decenio del 10 al 20 un hervidero de sentimientos independentistas a los cuales Bolívar por el norte y San Martín por el sur dieron contenido efectivo.
Es necesario anotar que Inglaterra hacía su política para debilitar a España a través de sus piratas con patentes, además de otras embarcaciones encargadas de empujar la subversión, y eran formas de las disputas por ampliar sus zonas económicas de influencia.
Un elemento concreto de estímulos a las fuerzas patrióticas es la presencia del navío “La Rosa de los Andes” comandada por el almirante Juan Ilingworth Hunt, quien, bajo el encargo del patriota chileno Bernardo O’Higgins, debía hostigar a los navíos españoles y contribuir a la independencia de los pueblos a lo largo del Pacífico.
O’Higgins cumplió con superior eficiencia, que llena de gloria al movimiento emancipador americano. Uno de los últimos combates de aquel navío ocurrió en el territorio de Esmeraldas: el combate de la Galera, el 12 de mayo de 1820, contra su perseguidor la fragata española La Prueba, que huye derrotada. Sin embargo, La Rosa de los Andes, averiada y nuevamente perseguida, se refugia en la boca del Río Iscuandé donde encalló.
Con este entorno los españoles desataban con mayor furor persecuciones y matanzas, matizados por asaltos a la propiedad urbana y rural para nulitar cualquier acción independentista; por eso, desde Río Verde, comunidad muy cercana y al norte de la ciudad de Esmeraldas, se gesta un movimiento contra los abusos del gobernador.
En este movimiento convergen diversos pensamientos de civiles, junto al cura del pueblo. Ellos son: RAMÓN YEPEZ, MANUEL CONCHA, VÍCTOR MANUEL LAVAYEN (hermano del patriota guayaquileño Francisco de Paula Lavayen), JUAN MANUEL MURIEL, VICENTE CALDERÓN, el presbítero JOSÉ RAMÓN ESTUPIÑÁN, junto a los MONTAÑO, HINOSTROZA, CUERO y otros hombres del pueblo.
Ellos fueron quienes comandaron el audaz y patriótico golpe que apresó al gobernador Castro, sometieron las pequeñas guarniciones y proclamaron la INDEPENDENCIA la mañana del 5 de agosto 1820. Esta acción contó con el apoyo de tropas de Colombia, que desde Tumaco llegaron bajo el mando del teniente Francisco García, quien a su vez estaba bajo el mando del coronel Manuel Valera, quien cumplía órdenes del general Simón Bolívar.
Es necesario destacar la influencia del movimiento emancipador guayaquileño, explicado por la intensa relación comercial, lo que permitió el conocimiento y fluido de ideas. Este movimiento duró 13 días, ya que fue traicionado por uno de los complotados (José Mosquera); sin embargo, aquellos hombres rebeldes se proyectaron con la fuerza que luego dio sus frutos con el movimiento del 15 de octubre de 1820, en el que se selló de manera definitiva la independencia de la libérrima Esmeraldas.
