“Moriré con el machete en la mano”

Es uno de aquellos seres a los que, como diría el cantante Piero, “la edad se le vino encima, sin carnaval ni comparsas”; pero que no por eso ha dejado de vivir plenamente, como corresponde a quien se halla saludable y cada día encuentra un nuevo motivo para encomendarse a Dios y agradecerle por todo lo que le provee. Vive feliz según sus modestos deseos y medios, ganándose la vida como jardinero ocasional para quien lo requiera en la ciudad de Manta donde reside con su esposa y sus hijos y las descendencias de estos.

Fue muy grato e inspirador verlo la primera vez: su cuerpo encorvado y con un gran machete en la mano derecha desbrozando la maleza de un jardín, y evidenciando claramente su avanzada edad. Al consultarle nos reveló que frisa en los 100 años y que, pese a sentirse cansado, cada día sale de casa en busca de trabajo, porque no se siente a gusto encerrado entre cuatro paredes. Ya está acostumbrado a su trajín diario y así es como se siente feliz. Y no es que le falte el apoyo de sus hijos, que constantemente le animan a quedarse en casa, asegurándole que ellos cuidarán de su mantención. Pero, como él mismo confiesa: “Soy yo el que me pongo testarudo y sigo saliendo a trabajar”.

Ambrosio Indacochea Toala.

Ambrosio Indacochea Toala -que así se llama el protagonista de esta historia-, nació en diciembre del año 1919 en el sitio El Ramito, perteneciente a la Parroquia América del Cantón Jipijapa. Es hijo de Germán Indacochea y Erminia Toala, que en total procrearon a 4 varones y dos mujeres. La esposa de Ambrosio es María Domínguez y tiene 78 años de edad; el matrimonio ha procreado a 8 hijos: 5 hombres y tres mujeres, dos de ellos ya fallecidos.

Don Ambrosio es uno de tantos manabitas que la inusual sequía de los años 60 desarraigó de su lugar de origen para ir en busca de recursos para vivir. Halló asiento en la ciudad de Manta (Barrio Abdón Calderón), en la que permanece hasta hoy. Durante muchos años trabajó como albañil, hasta cuando un andamio sobre el que laboraba se desplomó y él cayó entre montones de arena y ripio (piedra menuda) que amortiguaron el golpe; pero esto le previno y decidió volver a su oficio primigenio de agricultor nativo, aunque ya no en el campo sino en los jardines citadinos.

En El Ramito posee una parte de la finca heredada de sus padres, abandonada desde que terminó el auge cafetero. Dice que alrededor hay otras muchas fincas en igual situación, porque hoy la agricultura minifundista “no da para vivir”, ya que los precios que pagan por la producción son muy bajos y tampoco se encuentra gente dispuesta a trabajar en el campo por una retribución mínima. Además de eso, en la zona donde se halla su propiedad no hay rastro de la obra pública, ni municipal ni nacional. La vía trazada sobre una loma alta es apenas un camino inclinado, lodoso y cubierto de matorrales en invierno, inhábil para el tránsito de vehículos.

La vida citadina, sin embargo, tampoco es suficientemente confortable para él. Añora los alimentos naturales frescos, “de la mata a la mesa”; y la carne también fresca y sin aditivos, particularmente la de gallina, cerdo y pavo que criaba en su finca. Sí aprecia de Manta la variedad de pescado marino, porque su dieta regular está compuesta primordialmente de pescado, frijol Palito, arroz, carnes blancas y jugos de frutas. Tal vez por esto y su actividad física diaria ha durado tanto de manera saludable, habiendo sufrido solamente una pulmonía hace 40 años. Hoy, camina erguido y sin sobrepeso, se expresa oralmente sin dificultades, notándose apenas una mínima desmemoria y dolencias “propias de la edad” en las rodillas. Todo un récord para un ser humano que bordea el centenario de su vida y que, como Johnny Walker, “sigue tan campante”, prometiendo a su esposa que “moriré con el machete en la mano”.

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