En 1664, Molière escandalizó a la corte de Luis XIV con Tartufo, una comedia demoledora que desnudaba la hipocresía y la maldad en su estado más puro. En ella, Tartufo, un impostor profesional, se disfrazaba de humilde siervo de Dios para parasitar la casa de Orgón, un burgués adinerado que, cegado por la supuesta santidad del visitante, terminó entregándole las llaves de su patrimonio y el destino de su familia.

La genialidad de Molière se traslada desde el París del siglo XVII hasta el Ecuador de hoy. El escenario es distinto, pero el libreto de la simulación y el engaño sigue intacto.

Orgón es el pueblo ecuatoriano: bonachón, ingenuo, perennemente optimista y sentado sobre una inmensa riqueza natural que no sabe administrar. Desesperado por encontrar un guía, votó por el candidato Noboa, nuestro Tartufo, revestido de la aureola de sabiduría que dan los estudios en las más caras y famosas universidades de EE. UU.; con una capacidad económica tan grande que era impensable que pudiere robar ni dejar robar pues, si le diera la gana, podría comprar desde helicópteros y autos de hiper lujo hasta partidos políticos, medios de comunicación o cenas con reyes y magnates; un personaje cercano a los círculos sociales más altos del norte. Bien recibido en todos los países donde le anteceden los negocios familiares; de paso joven, guapo, vestido a la moda y con una esposa preciosa y buena, como la Cenicienta. Este Orgón colectivo cayó rendido ante los encantos, promesas y planes de un «nuevo Ecuador».

Nuestro Tartufo, ya en Carondelet, no viste sayal ni se golpea el pecho; su disfraz es más moderno y sofisticado. Se presenta envuelto en una aureola de juventud tecnócrata, con trajes a la medida, elocuencia empresarial y un arsenal de videos de TikTok. Y, mientras los jóvenes deliran, él, con una frialdad quirúrgica, cual Tartufo, averigua las debilidades de todos quienes se asemejan a la señora Pernelle —las diversas funciones del Estado (la Legislativa, Judicial, Electoral y de Control)— y los tienta, uno por uno, con poder, riquezas, cargos públicos, influencias, honores y perdones, pues sabe que la codicia y la vanidad mueven los hilos del poder. Entonces, descubriendo de qué pata cojeaba cada uno, satisfizo sus escondidos anhelos: apuntó el pecado y lo guardó para sacárselos en cara si no acataban sus decisiones.

Tartufo guarda celosamente una bitácora de debilidades y pecados repartidos. Los que cedieron a la tentación se convirtieron en sus marionetas, hilos movidos a pie juntillas por sus macabras manipulaciones para consolidar el poder absoluto. Su bitácora es tan larga y pesada que le permite hacer tabla rasa de la Constitución y las leyes mientras entrega dádivas frente a las cámaras, para que aplaudan los famélicos de derechos, de salud, de transparencia y de justicia. Y para aquellos que intentan salirse del guion, su bitácora es tan vasta que siempre encontrará motivos para el chantaje y la sanción.

Bajo este régimen de terror psicológico e institucional, ministros y secretarios de Estado, asambleístas, asesores y consultores; magistrados, jueces y fiscales; concejales, prefectos y alcaldes; presidentes y vocales de tribunales electorales y de justicia; contralores, policías, militares; presidentes de gremios y empresarios… a todos los manipula, les da órdenes, les advierte, los amenaza y así, cundiendo el pánico, todos se someten a los caprichos del gran Tartufo, olvidándose de principios y lealtades.

Mientras Orgón (el pueblo) sigue hipnotizado por la retórica del salvador Tartufo, la esposa, los hijos y los criados de la casa —aquellos ciudadanos y sectores que aún conservan la lucidez— observan con horror la verdadera naturaleza del huésped. Este Tartufo no busca la salvación del país; es un demagogo engolosinado de poder absoluto, cuyo fin último es la captura del Estado para que los negocios derivados de las riquezas públicas acrecienten, de manera directa o indirecta, el patrimonio y los intereses de su propio entorno empresarial. Es la privatización de la fe pública en beneficio del holding.

En la obra original, Elmira tiene que arriesgar su propia dignidad, escondiendo a su esposo debajo de una mesa para que escuche, de la propia boca del hipócrita, cómo se burla de su ingenuidad y codicia sus bienes. En el Ecuador actual, no hace falta esconderse debajo de ninguna mesa: las costuras del engaño están a la vista de todos, camufladas apenas por la propaganda oficial.

Hoy, la gran pregunta es si el Orgón ecuatoriano reaccionará antes de que el despojo sea total. Es hora de que Elmira, los hijos y la servidumbre de esta nación dejen atrás el miedo, levanten la voz y rasguen el velo de esta «farsa de democracia» con la que se ha revestido el impostor. Ecuador no necesita un milagro de Deus ex machina ni un monarca que venga a salvarlo a última hora; necesita despertar de su propio letargo y expulsar al Tartufo que, mientras promete el cielo, se está quedando con la casa.    

Econ. Cecilia Calderón de Castro. Guayaquil, Ecuador.