POR JOSÉ RISCO INTRIAGO

Las pocas pero persistentes lluvias caídas hace poco en las ciudades de Manta y Montecristi, dejaron al descubierto -por enésima vez- que estas dos urbes son proclives a daños materiales y desasosiego familiar a causa de un ordenamiento territorial que ignora el funcionamiento de la naturaleza y la cultura tropical de la población.

El agua de lluvia se represa en las calles porque las alcantarillas de drenaje acumulan en su interior basuras que las taponan. Similares obstáculos hacen que se desborde de los cauces naturales, utilizados además como depósitos de escombros. Arrasa construcciones levantadas allí donde antes había canales labrados por las escorrentías de cada invierno lluvioso.

Paradójicamente, todo eso es a consecuencia de que en esta parte de la geografía manabita la lluvia no es frecuente, ni siquiera en épocas de invierno, acostumbrando a la gente a vivir en sequedad, olvidando que en ciertos años el invierno ha sido muy copioso. Y, como es natural, cuando llueve en abundancia el agua tiene que correr por algún lado.

Las administraciones municipales tienen el cuidado de prepararse con personal y recursos materiales para afrontar los daños, pero descuidan la tarea preventiva más obvia y básica: un diseño y una planificación urbanística que tengan en cuenta la topografía natural y las características climáticas del territorio.

Ocurre que la gente llega a un lugar, toma posesión de él y construye según sus gustos y posibilidades. Debería acatar la normativa y el control municipal, pero si no existen o no se aplican hace lo que le dicta su propio parecer. Y lo mismo puede decirse de la mala costumbre de esparcir desperdicios en cualquier lado.

Durante la prolongada lluvia del día miércoles 1 de febrero, acudieron al llamado de auxilio instituciones como el Cuerpo de Bomberos y la Policía Nacional. Los Comité de Operaciones de Emergencia (COE) cantonales, y los organismos públicos que los conforman, actuaron el día siguiente, cuando el agua ya había causado algunos problemas en viviendas, sitios de trabajo y vías.

Pero, claro, el problema no son las lluvias, que existen desde el inicio de la Tierra y son indispensables para la vida del planeta. Además, la experiencia de recibirlas constantemente nos ha enseñado a predecir el momento de su apogeo. Tampoco hay por qué acusar a la topografía de la zona, que es igual de antigua y por lo mismo bien conocida. Y menos a la población llana, que como dice el refrán “sabemos de qué pata cojea”.

Más claro es que para adaptarnos colectivamente a la naturaleza se creó la organización social, con sus respectivos estamentos de representación: el Estado, mediante sus funciones rectoras nacionales, representa a los habitantes del país; y, los gobiernos seccionales, a los pobladores de su respectiva jurisdicción. A todos estos corresponde, en su ámbito, diseñar, planificar, dirigir, coordinar y controlar. En suma: evitar los problemas sociales; y, si estos de todos modos se presentan, resolverlos sin culpar al espacio de ambiente que administran, obviamente ajeno a los errores de sus ocupantes pasajeros.

Sí es de aclarar, en justicia, que las penurias en las que nos sumen las administraciones municipales deficientes vienen arrastrándose desde fechas inmemoriales. La situación presente es que se hace muy poco para enderezar lo torcido y se mantienen prácticas de gestión probadamente incorrectas.

MANTA, 04 de febrero de 2017.