En memoria de la benefactora Ena Molina Intriago

Esta dama chonense, que consagró gran parte de su vida a prodigar asistencia social por intermedio de la Fundación San Vicente de Paúl, de la que fue su presidenta durante un largo periodo, falleció en su tierra natal el día jueves 16 de marzo de 2017. La siguiente necrología brota del pensamiento adolorido de su hijo mayor.

Por Alexander Rodríguez Molina

Escribo estas palabras a mi madre, mientras espero el vehículo que me llevará hasta Chone para darle mi último adiós.

Una mujer extraordinaria, mi madre.

Le decimos adiós a una mujer que yo describo como extraordinaria. Dios fue generoso con nosotros, porque trajo al mundo a una mujer que tocó positivamente el corazón de todas aquellas personas que compartimos con ella en las diferentes etapas de sus setenta y ocho años de vida. Siempre dio un valor extra a la amistad, la ternura, el servicio, la laboriosidad y la generosidad. Ella nos deja un legado extraordinario, ejemplar e inolvidable.

Fue una madre maravillosa. Yo era el hijo mayor, de un total de cuatro. Nos amó a todos incondicionalmente. Éramos dos varones y dos mujeres, más mi padre Vicente que no siempre se comportaba bien; pero, aun así, mi madre estuvo de su lado. Siendo un roble ante la adversidad, nos ayudaba con consejos sabios para que superáramos las pruebas de la vida.

Cuando conoció a su primer bisnieto le agarró un cariño muy especial. Y algo que muchos de ustedes saben, pero otros no, es que mi mamá tenía una infinidad de hijos e hijas más, que la adoraban: los protegidos de la Fundación San Vicente de Paul, entidad de beneficencia a la que ella dedicó muchos de los últimos años de su vida y de la que fue su presidenta durante un período largo. Aparte de los retoños de sus amistades y familiares.

Era una católica devota. Muchas veces, en los diez últimos años tras el fallecimiento de mi hermana Bethsabé, yo entraba a su habitación y la miraba llorando, tristeza que le duraría hasta hoy, día de su fallecimiento. Otras veces la encontraba viendo en televisión las misas dominicales y toda noticia relacionada con el Papa Francisco. La última vez que me despedí de ella, cuando me disponía a regresar a Quito -hace unos diez días-, ella agarró mi mano, me dijo una oración y me despidió no sin antes bendecir mi viaje, sin pensar que esa sería su última bendición.

Me animó a volver a creer en mí, luego del accidente cardiovascular que me postró, hace cinco años. Gracias a ella, a mi esposa e hijos, y a la gracia de Dios, por medio de ella y mi familia volví a nacer y disfrutar de la vida sanamente.

Como ven, fue tremendamente generosa conmigo y mis hermanos, porque nos dio la vida -en mi caso dos veces. No dejo de agradecer a Dios por haberme dado una madre excepcional, conmigo, con nuestra familia y con quienes la conocieron.

Sirvió incondicional y desinteresadamente a los demás. Participó en obras humanitarias y benéficas para niños, jóvenes y ancianos, incluyendo, como ya lo he señalado, a los protegidos de la Fundación San Vicente de Paul de Chone.

Ena María Molina Intriago, expresidenta de la Fundación San Vicente de Paúl, Chone. Manabí, Ecuador.
Ena María Auxiliadora Molina Intriago, expresidenta de la Fundación San Vicente de Paúl, Chone.

El éxito de los bienes obtenidos por mi padre es atribuible considerablemente a ella, quien vivió con él compartiendo nuestro hogar durante 38 años y espiritualmente toda la vida. Cuando pasamos momentos de apuros económicos, ella se ingeniaba para alimentarnos en los tres tiempos de comida y hasta creo que hacía milagros. Más aún cuando mi padre compró unas montañas en El Carmen y nos tocaba pasar sin la presencia de él. Yo también me las ingeniaba para conseguir dinero: vendía plátanos despicados (dedos sueltos), ponía revistas en alquiler para que mis pequeños vecinos las leyeran. Y en las épocas de fiestas, en el portal de la casa donde vivíamos en Santa Rita, organizaba un juego mediante el cual los niños podían ganar unos premios adheridos a cartulinas, lo que era todo un acontecimiento que dejaba algún dinero para también festejar, aunque de cuando en cuando se creaba algún problema entre los muchachos del barrio, con los reclamos consiguientes a mi madre.

De los cuatro hijos, tres alcanzamos título universitario. Pero el que se lleva todos los méritos como hijo es mi hermano menor, Edwin, que le asistió día y noche, durante los últimos veinte años. Gracias hermano, sin desconocer los méritos de mi hermana Jacinta.

Desde cuando ingresé a la universidad en Quito, en 1976, hasta el día de hoy jueves 16 de marzo del 2017, me comuniqué constantemente con mi madre a la hora de siempre: 07H00. Tuve la costumbre de llamar desde ese tiempo todos los días, tanto en la mañana como en la noche. Mis vacaciones las pasaba en Chone, pero en los últimos años las visitas se daban a mes seguido.

Resalto cuando mi padre enfermó, estando él y ella separados, mi madre nos pedía que le visitáramos en el hospital, mostrando con él hasta el final su admirable nobleza de mujer. No en vano aconsejaba ver las virtudes y no los defectos de las personas.

Siempre -hasta cuando pudo- nos cocinaba algo especial. Todas las navidades nos reuníamos en familia para almorzar y ella nos preparaba un pavo muy especial porque era jugoso, a diferencia de otros. En los últimos años invitaba a sus hermanos -no todos iban- porque quería pasar con ellos.

Cuando mi hija Moniquita partió a vivir a Francia, mi mamá se puso muy triste, pero al mismo tiempo entusiasta porque sabía que su amada nieta viajaba hacia un futuro más promisorio. Igual se dio con mi otra hija, Alejita (ambas viven allá). Adoraba a sus bisnietos. Una gran nostalgia me embarga por el viaje planificado que nunca se cumplió debido a problemas de salud. Quedé en deuda contigo, madre.

En cada cumpleaños de ella -23 de mayo- yo le regalaba una carta de felicitación. Ese día era de felicidad: sus amistades le llamaban y no paraba de sonar el teléfono. Sus ex empleadas domésticas le hacían llegar cualquier presente; la saludaban, le agradecían y le decían cuanto la querían. Es que siempre forjó buenas relaciones y amistades, duraderas y cariñosas. Además, yo vi muchas lágrimas cuando sus amistades comenzaron a partir y escuché las oraciones pronunciadas para ellas. Con las asociaciones y otros grupos sociales mostró entrega y sensibilidad humana para los más necesitados.

Llegó a admirar mucho al candidato Lasso y lamentó que en el día de las votaciones de primera vuelta no pudo ir a sufragar por cuanto mi hermano, que la asistía, se encontraba fuera del país; pero estaba muy contenta para hacerlo el 02 de abril. Creía que Lasso no era un improvisado como Correa, cuya administración le negó el montepío que le corresponde luego del fallecimiento de su esposo, pese a las numerosas cartas de reclamo ante la negativa del IESS. Pero esas barbaridades cometidas son imprescriptibles, y este presidente ya se va y un nuevo Ecuador queda. Me siento complacido con la lucha realizada ante el IESS a favor de mi madre.

En una ocasión a finales del año anterior, cuando ella percibía que su final aquí estaba cerca, me pidió como deseo, que le voy a cumplir: primero, seguir en mi proceso de recuperación, volver a tener movimientos en mi mano y en mi pierna; segundo, que no desmaye en el juicio por el montepío; tercero, que continuemos unidos en familia, encargándome el cuidado de esa unión; y, cuarto, retomar mis actividades profesionales que tengo casi abandonadas, y que escriba algo para ella, lo que hago desde este momento.

Pasamos momentos muy complicados cuando su enfermedad se agravó hace varios meses. Siempre demostró fortaleza espiritual, aunque en los meses anteriores ya se había casi abandonado; pero conservaba la serenidad que también me la pedía a mí. Tenía que ser muy fuerte el dolor para quejarse, porque evitaba alarmar a sus seres queridos. Estoy seguro que va al cielo de Dios, después de buscar crear su cielo terrenal con los más humildes y necesitados. Su humildad será recordada entre familiares y amigos.
El Papa Francisco a quien ella admiraba y quería, ha dicho que uno es amado al nacer y también al morir. Y que depende de uno el periodo intermedio. Ella fue amada durante su vida aquí en la tierra, ya que tenía un don especial para ganarse el cariño de una diversidad de personas.

Hay personas a quienes debemos gratitud porque llamaban, compartían, visitaban y oraban. Muchos mostraron su corazón enorme, como mi hermano Edwin que era su médico y cocinero; y también la esposa de él; y mi hermana, que se escapaba de sus habituales labores en Quito para pasar semanas en Chone. Todos ellos la cuidaron con delicadeza hasta el final, a tal punto que mi madre muere mientras conversaba plácidamente con su nuera. Momentos gratos es cuando se demuestra amor desinteresado.

Gracias de corazón por acompañarnos hoy, mientras mi madre viaja en paz hacia la eternidad. Ella seguirá viva en nuestros corazones y en las noches nos mirará a través de las estrellas. Que Dios los bendiga y los guarde hoy y siempre.

QUITO, 16 de marzo de 2017.