Unas líneas para Don Pedro Vincent Bowen

Por David Ramirez

He despertado esta madrugada y lo primero que leo es un par de mensajes del “Negro” Arias: “Al parecer ha fallecido Don Pedro Vincent”; el segundo texto, 20 minutos después, dice: “Confirmado”. 

Aún absorto por la mala nueva, me dije a mí mismo: “Qué vaina, a quién se le ocurre morirse a tan altas horas de la madrugada”. Eran la 1:15 am. Después empecé a recordar a Don Pedro allá por 1981 cuando me entrevistó en su oficina de director del desaparecido diario ‘El Sol’. Había leído mis cuentos y reseñas en la Página del Estudiante que publicaba semanalmente ese periódico.

“Creo que usted con el tiempo puede llegar a ser periodista”, recuerdo que me dijo y así fue… Don Pedro me ofreció trabajo. Empecé como responsable del archivo y como redactor de notas necrológicas y sociales; luego entraría de lleno a la sección de crónica roja; y todo vendría después hasta hoy.

Era un periodista de la ‘vieja guardia’ forjado en la era del linotipo y cuando para escribir solo le bastaba un buen sorbo de café. Así era don Pedro, se instalaba en su vieja Remington y le daba con un gusto y a tal velocidad que afuera, desde la sala de redacción, los reporteros abrigábamos la esperanza de algún día escribir como él, en su forma y en su fondo:  Acucioso, inquisidor, impecablemente claro para poner los puntos sobre las íes. 

De hablar pausado y voz diáfana, tenía una delgadez que le acompañó toda su vida, la cual le daba un aire de solemnidad que en realidad la tenía en todos sus actos. Experto en parafrasear e ilustrar con memorias del pasado todo lo que escribía, a don Pedro parecía no extrañarle nada por más extraño y abrupto que fuera el acontecimiento, como la noche aquella en que nos visitara en cuerpo y alma Macario Briones, el criminal más temible de la época. Eso debió ocurrir a finales de 1984. Poco después ‘Don Maca’ moriría en su ley, abatido por un comando militar en los predios de la UTM de Portoviejo.

‘Don Maca’ llegó a El Sol con una partida de camionetas ´blazers´ y secuaces fuertemente apertrechados con armas largas. Ingresó con paso firme y flanqueado a corta distancia por dos hombres; el resto se quedó resguardando la puerta de acceso. Serían casi las 7 de la noche.

“Quiero hablar con el director”, increpó al primero que encontró al paso, que era yo. Al fondo, en su cubículo de jefe de redacción, estaba Héctor Toscano.

De parte de quién, pregunté: “Soy Macario Briones”. Un frío helado recorrió mi cuerpo. No imaginé que quien se suponía el capo más avezado de la época, llegaría con buenos modales a pedir hablar con el director.

Cómo no, espere un segundo, le dije. Para entonces Toscano ya se había puesto de pie y como advirtió que el hombre venía en son de paz, se acercó a saludar. Simultáneamente yo entraba a la Dirección para anunciarle a Don Pedro que afuera lo buscaba un visitante importante…

Esta anécdota la he contado infinidad de veces, pero nunca me había atrevido a escribir hasta hoy que nos ha dejado Don Pedro, el único que sobrevivía de aquella noche, claro; y, por supuesto, con la excepción de quien escribe esta historia.

Fueron tiempos difíciles para el periodismo y para toda la sociedad. La moneda corriente -o para entenderlo desde el punto de vista cristiano-, la extorsión y el asesinato eran el pan nuestro de cada día.

Don Pedro supo lidiar el tráfago de esos días y de él nos nutrimos quienes fuimos sus discípulos. Lo recordaré como un gran maestro y amigo a quien encontré en mi última visita a Manta y volvimos a hablar de cuando El Sol salía en Manta.

Nueva York, julio 9 de 2019.

Anuncios