LIBERTAD REGALADO: MÁS ALLÁ DEL TIEMPO Y LA AUSENCIA

Por Joselías Sánchez Ramos

Manta, 2026-06-07

“Soy un grano de arena
Pidiendo a Dios por tu vida.

Soy un cholo rezando
Con las olas por tu vida.”
Joselías Sánchez Ramos

Hay seres humanos cuya existencia se mide por los años vividos. Otros, en cambio, se miden por la luz que dejan encendida cuando parten.

Libertad Regalado Espinoza pertenece a esa estirpe luminosa.

Su nombre parecía un presagio. Porque Libertad no fue solamente el nombre que recibió al nacer en Jipijapa, el 26 de abril de 1956; fue también una manera de caminar por el mundo, una forma de pensar, de enseñar y de amar profundamente a su tierra.

Hoy la enfermedad nos impone el lenguaje de la despedida. Pero quienes la hemos conocido sabemos que la muerte no tiene la última palabra cuando una vida ha sido sembrada con tanta generosidad.

Hablar de Libertad es hablar de una mujer que dedicó más de medio siglo al magisterio, convencida de que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar seres humanos capaces de comprender su historia y dignificar sus raíces.

Fue maestra, profesora universitaria, investigadora, escritora, historiadora y gestora cultural. Pero por encima de todos los títulos y reconocimientos, fue una sembradora de conciencia.

Desde muy joven comprendió que la educación era un acto de transformación. Tal vez porque había crecido en un hogar donde el servicio a los demás era una forma natural de existencia.

De su padre, el maestro Jorge Regalado, heredó el amor por el conocimiento y la disciplina intelectual. De su madre, doña Enma Espinoza, aprendió la compasión y la entrega silenciosa a los más necesitados.

Entre las montañas de Imbabura y los horizontes de Manabí fue construyéndose la mujer que años más tarde dedicaría su vida a descubrir, preservar y difundir el patrimonio cultural de su pueblo.

Mientras otros observaban las costumbres como simples expresiones cotidianas, Libertad comprendía que allí habitaba la memoria de los siglos.

Escuchó el sonido del maíz al ser rallado en las cocinas manabitas y descubrió una historia. Observó una vasija de barro y encontró una civilización. Escuchó un amorfino y reconoció la voz de generaciones enteras. Contempló una hebra de paja toquilla y vio el tejido invisible de una identidad colectiva.

Por eso investigó.

Por eso escribió.

Por eso recorrió caminos, consultó archivos, escuchó pescadores, dialogó con artesanos y conversó con ancianos que guardaban en su memoria los relatos que los libros todavía no registraban.

Sus obras no fueron únicamente investigaciones académicas. Fueron actos de amor.

Amor por Manabí.

Amor por el Ecuador.

Amor por la cultura popular que muchas veces sobrevive gracias a mujeres y hombres capaces de rescatarla del olvido.

Gracias a esa pasión nacieron libros fundamentales sobre la gastronomía ancestral, la paja toquilla, los pescadores, los amorfinos y las tradiciones costeñas. Su trabajo contribuyó a fortalecer procesos que permitieron el reconocimiento internacional de expresiones culturales que hoy forman parte del patrimonio de la humanidad.

Pero quienes la conocimos de cerca sabemos que su mayor obra no se encuentra solamente en los libros.

Está en las personas.

Está en los estudiantes que aprendieron a amar la lectura gracias a sus enseñanzas.

Está en los investigadores que encontraron orientación en su experiencia.

Está en los gestores culturales que descubrieron nuevos caminos inspirados por su ejemplo.

Está en sus hijos: César Jorge, Hugo Fredory, y nietos, que heredaron el tesoro más valioso: una vida coherente con sus principios.

Libertad convirtió su hogar en una extensión de su pensamiento.

Su patio, sus objetos, sus plantas, sus vasijas y sus recuerdos hablaban de Manabí como si fueran páginas abiertas de un gran libro vivo. Allí compartía conocimientos, historias y afectos. Allí la cultura dejaba de ser una teoría para convertirse en experiencia humana.

Y quizás por eso tantas personas acudían a ella.

Porque además de sabia era cercana.

Además de rigurosa era generosa.

Además de exigente era profundamente humana.

Dra. Libertad Regalado Espinoza (Cortesìa de Libertad, enviada a REVISTA DE MANABÌ por Vladimir Zambrano Galarza).

La Academia Nacional de Historia del Ecuador reconoció sus méritos. La Academia Nacional de Historia de Colombia la acogió entre sus miembros. La Asamblea Nacional le otorgó importantes condecoraciones. Instituciones y universidades celebraron sus aportes. El GAD Municipal de Manta la condecoró con la presea “Umiña”.

Sin embargo, los homenajes más auténticos no provienen de los diplomas ni de las medallas.

Provienen del cariño.

Provienen de la gratitud.

Provienen de la admiración sincera de quienes encontraron en ella una amiga, una maestra o una guía.

Hoy, cuando el tiempo parece detenerse para contemplar el misterio de una vida que se nos va a la eternidad, comprendemos que Libertad no pertenece únicamente a su familia ni a sus amigos.

Pertenece a la memoria cultural de Manabí.

Pertenece al patrimonio espiritual del Ecuador.

Pertenece a esa comunidad invisible de mujeres y hombres que dedicaron su existencia a hacer más noble la condición humana.

Por eso no quiero despedirme de ella con tristeza.

Prefiero imaginarla caminando por las playas de su memoria, escuchando nuevamente el rumor del mar que tanto amó, siguiendo el sonido antiguo del maíz rallado en una cocina campesina, encontrándose con los pescadores, los poetas y los artesanos que poblaron sus investigaciones y sus sueños.

Porque mientras exista alguien que lea sus libros, evoque sus enseñanzas o pronuncie su nombre con afecto, Libertad seguirá viviendo.

Y porque hay vidas cuya misión consiste precisamente en eso: enseñar que la verdadera inmortalidad no se encuentra en permanecer, sino en dejar huellas.

Libertad Regalado Espinoza ha cumplido esa misión con grandeza.

Y por ello, más allá del tiempo y de la ausencia, seguirá siendo Libertad.

Para mí, un grano de arena en los eones del universo, siempre será:

Mi Libertad querida.

Durante muchos años, nuestro saludo fue siempre el mismo.

  • Mi Libertad querida.

Y ella respondía con la alegría que parecía acompañarla siempre:

  • Mi cholito querido.

Así comenzaban nuestras conversaciones.

Hablábamos de la identidad manabita, de la historia, de los pueblos ancestrales, de las tradiciones que ella defendía con pasión y de los libros que iba escribiendo para salvar del olvido aquello que el tiempo amenazaba borrar.

Yo aprendía escuchándola.

Sus investigaciones no eran solamente trabajos académicos. Eran una forma de amor. Cada página estaba escrita desde una profunda convicción de que un pueblo sin memoria termina perdiendo su alma.

Cuando leía sus libros sentía que Manabí respiraba entre sus páginas.

Allí estaban nuestros pescadores, nuestras cocinas antiguas, los amorfinos, las fibras de la paja toquilla, las mujeres y los hombres que construyeron la identidad de esta tierra generosa.

Ella tenía el don de convertir la historia en algo vivo.

Y también tenía el don de la amistad.

Entre cultura, literatura y sueños compartidos transcurrían nuestras conversaciones.  Le encantaban las orquídea, era la flor que le llevaba.

Nos encontrábamos en las tertulias que organizaba en su casa, convertida siempre en un refugio para la inteligencia y el afecto. Allí la cultura no era un acto solemne sino una celebración de la vida.

También compartimos espacios en la Comisión Cívica de la Memoria Histórica de Manta. Fueron tiempos fecundos, marcados por el compromiso común de preservar la memoria de nuestra ciudad y de nuestra provincia.

Cuando llegó la enfermedad la soportó con estoicismo. De pronto se agudizó la crisis. Y poco a poco las reuniones se hicieron menos frecuentes.

Con esa altivez y sonrisa que la identificaban, recibió el homenaje de artistas, gestores culturales, escritores y poetas que le tributaron en el Teatro La Trinchera.

La última imagen que conservo de ella no es la de una paciente. Es la de una mujer sonriente, lúcida, apasionada y llena de proyectos.

Por eso no quise visitarla cuando el dolor comenzó a imponerse sobre su cuerpo.

No fue distancia.

Fue amor.

Quise preservar en mi memoria la sonrisa que siempre me regaló.

Hace poco me llamó por teléfono.

Conversamos brevemente.

La escuché cansada, pero dueña todavía de esa fortaleza que la acompañó durante toda la vida.

Y antes de despedirse me dijo con sencillez:

—Estoy soportando, Joselías, mi cholito.

Todavía escucho esas palabras.

Y todavía me conmueven.

Porque en ellas estaba la mujer que conocí: valiente sin exhibir valentía, fuerte sin hacer alarde de fortaleza, digna incluso frente al sufrimiento.

Desde entonces he comprendido que algunas personas se convierten en parte de nuestra propia historia.

Libertad es una de ellas.

Por eso no puedo pensar en su partida como una despedida definitiva.

Mientras exista una orquídea floreciendo.

Mientras alguien cite uno de sus libros.

Mientras un investigador recurra a sus enseñanzas.

Mientras un amorfino siga cantándose en los campos manabitas.

Mientras alguien recuerde la historia de nuestra tierra.

Ella seguirá aquí.

Porque hay seres humanos que terminan convirtiéndose en memoria viva de su pueblo.

Y porque algunas amistades, como las verdaderas tradiciones, nunca desaparecen.

Solamente cambian de lugar.

 Adiós, mi Libertad querida. Cuando las olas de Manabí pronuncien tu nombre, un cholito seguirá rezando por tu vida.

Joselías Sánchez Ramos

Joselías Sánchez Ramos

Manta, 2026-06-07