Al sacerdote español Ángel García Rodríguez se debe que haya un día del año dedicado a exaltar la valía familiar de los abuelos y su repercusión en la sociedad. Por medio de la Organización No Gubernamental (ONG) Mensajeros de la Paz, instituyó el 26 de julio de cada año como Día del Abuelo, para complementar a los pioneros Día de la Madre y Día del Padre. De ahí que los estudiantes del segundo curso de IB (International Baccalaureate, o Bachillerato Internacional, en español) de la Unidad Educativa Stella Maris (Estrella del Mar, traducido del latín) de Manta, tomaran esa fecha del presente año para homenajear a todos los abuelos del cantón y particularmente a los que lo son de dicha comunidad estudiantil.

El propósito fue dar un momento de recreo ajustado al gusto de los padres de los padres cuyos hijos estudian en la Stella Maris, procurando que al hacerlo así todos los abuelos de Manta se sintieran tomados en cuenta y felices de que se reconocen sus virtudes y el aporte que han dado y continúan dando a la sociedad ecuatoriana.

Los abuelos -como se sabe y lo entendió el sacerdote García- tienen un rol preponderante dentro de la familia tradicional de Occidente, ya que su grado de madurez les confiere sabiduría para entender el comportamiento social de su entorno, lo que a la vez les permite contribuir al sosiego y armonía entre los miembros de su propio núcleo familiar. Muchas veces son el espejo en el que se miran sus descendientes para emular acciones de desarrollo personal y de prosperidad económica. Y, siempre, a ellos se confía el prodigar ternura y protección para los nietos infantiles.

El grupo de estudiantes que organizó el evento (segundo de IB), en el remate de su popurrí bailable.

Eso explica que, al comenzar la noche del viernes 26 de julio del 2019, en el patio de la sección bachillerato de la Stella Maris se recreara una atmósfera de realeza, cuyos protagonistas eran las abuelas y los abuelos, reinas y reyes para la ocasión. A ellas y ellos se halagó y mimó generosamente, durante un poco más de dos horas que transcurrieron entre discursos melifluos, música y bailes de mediados del siglo XX, época contemporánea de las abuelitas y los abuelitos más vividos.

El programa, elaborado con sumo esmero, se desplegó en el siguiente orden:

La estudiante Luisana (primero de Bachillerato) pronunció las palabras de bienvenida y dijo, entre otras expresiones, que los abuelos son “(…) luz en nuestras vidas, compañeros de travesuras y nuestros mayores defensores…”

Continuó Jonaickel (primero de Bachillerato), reflexionando que “(…) muchas veces, el tener siempre cerca a las personas que nos aman, cuidan y protegen, (hace que) nos olvidemos de agradecerles por tanto amor incondicional, comprensión, cuidados y mimos que recibimos a diario. Nuestros abuelos cumplen un rol importantísimo en nuestra formación humana y para la vida. Ellos son para nosotros un poco padres, maestros y amigos. Por su edad y vivencias tienen experiencias y sabiduría que los hacen personas llenas de comprensión; nos enseñan cosas con pocas palabras y mucha paciencia y amor…”

Yanella hizo notar que el día de la celebración era también el de la festividad de Santa Ana y San Joaquín, padres de la Virgen María.

Jesús añadió que los abuelos “(…) constituyen un nexo entre el pasado y el futuro; son quienes mantienen vivas nuestras raíces, costumbres y tradiciones…”

Hubo a continuación una danza folclórica interpretada por el grupo de artistas mujeres dirigidas por Natalia Ormaza. Fue una muestra de devoción a la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad de Manta.

Representación de la cultura afroecuatoriana.

Llegó el turno de Arturo Rodríguez (décimo A), quien violín en manos interpretó la melodía ecuatoriana El Aguacate.

Arturo Rodríguez.

Luego, María Ángel Guzmán (segundo IB) recitó con drama el poema “Un gran motor”, acompañándola con guitarra Diogo García.

Seguidamente se presentó el coro vocal de la Stella Maris y cantó “Mi familia”, haciéndolo con bastante maestría.

Coro de la Unidad Educativa Stella Maris.

Siguió un trío de niños (una mujer y dos varones) disfrazados de abuelitos bien longevos. Recitaron versos y frases alusivas, y después bajaron del escenario y recorrieron -bastón en mano, tirantes en los hombros y lentes en los ojos- la pista enfrente de los espectadores invitados.

Volvió a escena la dirección artística de Natalia Ormaza, con un grupo de niñas que bailó flamenco en coreografía de muy buen gusto.

Coreografía de música flamenca.

Las estudiantes Berlina Burgos (segundo IB) y Melissa Reyes (tercero A) pisaron el escenario para cantar a dúo el pasillo “El alma en los labios”, del compositor guayaquileño Medardo Ángel Silva.

Vino después un intermedio instrumental a cargo del maestro Omar Marín, de cuyo saxofón sacó un brillante popurrí de música clásica.

El maestro Omar Marín.

Y, por último, la concurrencia vibró con la exultante música del rock-and-roll de mediados del siglo pasado y la vigorosa y animada recreación bailable puesta en escena por estudiantes del primero y segundo cursos del Bachillerato Internacional, organizadores generales de este evento munificente.

Rock-and-roll de mediados del siglo XX.

El programa discurrió fluidamente con sus actos artísticos y los aplausos incesantes que mereció cada uno, manteniendo en alto hasta el final la atención de los presentes, sorprendidos porque todavía esperaban más. Llegado a este punto, y tras bastidores, Ruth Coello zanjó: “De lo bueno, poquito”.

Los organizadores de la celebración: segundo de Bachillerato Internacional.
Créditos: Texto y fotos, José Risco Intriago. Video: Berlina Delgado Arteaga.