David Ramírez* / Nueva York / 10-10-19

En medio de las irrecuperables pérdidas económicas y de infraestructura -no se diga de vidas- que ha dejado el paro nacional, hay un saldo positivo mínimo. La medida de hecho ha revelado cómo, en pleno siglo 21, aún quedan rezagos del odio racista, de soberbia y desprecio visceral contra los indígenas, quienes en esencia, son los auténticos dueños de lo que constituye hoy el territorio de Ecuador.

Las movilizaciones, paralelamente, han dado protagonismo también a la herramienta más poderosa de la era digital, las redes sociales, usadas indistintamente para el bien y el mal. Para el bien, porque registraron en vivo y sin censura los acontecimientos, de tal forma que el grueso de la población distingue claramente a las partes enfrentadas y les ofrece un juicio de primera línea; y, para el mal, porque muchos pudieron verter su veneno y frustraciones en agravios contra quienes tienen otro color de piel e históricamente han sido postergados: los indígenas.

No obstante que a través de los levantamientos indígenas, el país ha logrado importantes avances sociales que beneficiaron a todos los estratos sociales, el paro nacional revela eso, somos un país profundamente dividido e intolerante, que desconocemos la historia cuando nos conviene, que poco les falta a algunos, inclusive, decir que los indígenas no son ecuatorianos; y, si lo son, “deberían quedarse en los páramos”, oprimidos por la pobreza y sumidos en la ignorancia.

No de otra forma deben ser interpretadas las palabras de Jaime Nebot y de tantos otros ecuatorianos que se quitaron la careta y se mostraron tal cual son en la vida real: sectarios, prepotentes y vanidosos; que, de manera desvergonzada, en plena convulsión social en que se halla sumido el país, se atreven a esgrimir ser descendientes de europeos, para marcar distancia de la mayoría indígena y mestiza del Ecuador.

El paro nacional ha sido escenario de excesos contra la propiedad privada y pública, de saqueos injustificables, generados por sectores ajenos al verdadero espíritu de reivindicación y lucha por la equidad social que exige la mayoría de los ciudadanos; pero, al margen de esos hechos reprobables, ha sido la expresión genuina de rechazo a la clase política gobernante, a un Gobierno veladamente inoperante y a una Asamblea, aún más ineficiente en encontrar una salida a la crisis.

Ratifico, el movimiento indígena, a despecho de quienes han sido desnudados por el paro nacional como despreciables discriminadores, que se avergüenzan de nuestra heredad de mestizaje, ha dado una lección al mundo. Líderes de la comunidad internacional saludan hoy al rebelde pueblo indígena de Ecuador, por su ejemplo de dignidad al luchar contra la injusticia impuesta por la clase política dominante, que sólo protege sus intereses y el statu quo, para mantener la riqueza en manos de unos pocos en desmedro de la mayoría.

El pueblo indígena debe ser respetado; sus reclamos, junto al de los campesinos y la clase trabajadora, que constituyen la columna vertebral de la sociedad, deben ser atendidos. El país ha estado en vilo y al borde de un baño de sangre, que bien podría producirse a corto plazo, de no darse una correcta interpretación a la lección de estos días.

* David Ramírez es un periodista ecuatoriano, orgullosamente mestizo que reside en Estados Unidos. Es editor en El Diario de Nueva York.
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