Estas palabras de elogio no pretenden esconder, ni mucho menos, las inequidades e injusticias a las que se hallan sometidas muchas mujeres en el mundo.

JOSÉ RISCO INTRIAGO* / Manta / 05-03-2020

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que agrupa y representa a casi todos los países de la Tierra, instituyó hace 25 años el Día Internacional de la Mujer, con el fin de que la comunidad global reconozca el valor fundamental de este género humano y sus derechos correspondientes, respetándolos de la misma manera que se lo hace con los que corresponden a los hombres. O, dicho de otro modo, que lo que piensan, dicen y hacen las mujeres tenga igual tratamiento que en condiciones parecidas merecen los hombres.

El día domingo 8 de marzo del presente 2020 se celebran, pues, las “Bodas de Plata” del Día Internacional de la Mujer. Es el momento oportuno y adecuado para dedicar a ella lo mejor de nuestros pensamientos. Lo hacemos de forma general, sin particularizar a nadie por temor a ser favorecedores o excluyentes, pero singularizando las cualidades más sublimes que subyacen dentro de cada una, según aflora en su comportamiento social.

Lo primero y portentoso de una mujer es su condición materna, que hace su propia felicidad y la de su familia, deviniendo de esto la continuidad de la especie humana. Y si una mujer asume este su rol esencial con responsabilidad y pasión extraordinarias, merece ser glorificada. Porque una mujer con estas cualificaciones no solo alumbra un nuevo ser, sino que lo educa para que tenga una conducta socialmente aceptable y así pueda afrontar los desafíos de la vida y erigirse en pieza necesaria para el gran engranaje de la sociedad a la que pertenece.

Mujeres de ese jaez encontramos a diario esforzándose por su familia. Son valientes, decididas, persistentes y esperanzadas. No se rinden ni claudican a pesar de las dificultades. Les mueve un hálito de fe inconmensurable. Y no importa la clase social a la que pertenezcan, ni el nivel de su economía; luchan a brazo partido con tal de acarrear el bien a su grupo familiar.

Están las mujeres admirables que luchan por destacarse en el quehacer público. Asumen más responsabilidades y por ende mayores cargas laborales, pero lo hacen con optimismo y buena cara. Estudian, investigan, hacen informes, participan en debates, viajan y proponen sus propios puntos de vista. ¡Sin descuidar sus obligaciones familiares!

Hay otras, en diferentes ámbitos, apremiadas por sus necesidades económicas, que deben sacrificar el estudio y sus ambiciones individuales por un salario inmediato. Hacen trabajos que no requieren cualificación académica, pero indispensables para que el engranaje de la sociedad funcione regularmente en toda nación, desarrollada o no. Son, quizás, las heroínas anónimas, con más carga de trabajo manual e inferior retribución salarial, pero tan necesarias como las de alta calificación. A ellas debemos la gran masa de obreros que dan vida a las empresas, que mantienen nuestros hogares y oficinas funcionando, que llenan las filas policiales y militares.

Son igualmente destacables aquellas mujeres que con sus cuerpos satisfacen las necesidades de hombres solitarios o poco correspondidos, desde jovencitos entrados a la pubertad hasta adultos mayores sin compañía o mal acompañados. Ellas también juegan un rol de suma importancia en la sociedad y no son menos abnegadas que sus pares en otros ámbitos.

Cabe agregar a las que se ganan la vida mendigando, que hacen esto por la necesidad imperiosa de sostenerse a sí mismas y a sus respectivas familias. Debería atribuirse a ellas el mérito de hacer que la gente no pierda su calidad solidaria y los recursos económicos de un país lleguen hasta los más necesitados, aunque solo sea en cuenta gotas.

Hasta aquí nos hemos referido a la mujer como núcleo de una familia, porque consideramos a esto su esencia natural. Sin embargo, están las mujeres niñas, adolescentes y jóvenes independientes. Cada una tiene su rol social fundamental, que no es irrelevante ni sustituible.

Tomado del sitio web oficial de ONU Mujeres

Las niñas y las adolescentes se hallan en la etapa de formación, indispensable para transformarse después en entes necesarios para el desarrollo de la humanidad y, tal vez, en núcleo de su propio hogar. Si a ellas se les privara de vivir, por ejemplo, la sociedad quedaría incompleta y más tarde se agotaría.

Las jóvenes independientes -por haber alcanzado la edad adulta establecida en la ley, por su autonomía financiera, o por ambas a la vez- son las llamadas a renovar los cuadros laborales y de liderazgo, y a darle frescura y estética a los diversos grupos sociales que forjan y animan a una comunidad.

La vida infantil y adolescente sería sombría sin las mujeres jóvenes que dimanan alegría, entusiasmo, modernidad, superación, esperanza y modelación. Del otro lado, a los hogares y sitios de trabajo o recreación les faltaría el empuje creativo, la energía productiva y el encanto personal que caracteriza a las mujeres jóvenes. Ni qué decir del fracaso social que comportaría su ausencia para asegurar la continuidad de la vida humana en nuestro planeta.

Como en el género masculino, en el femenino no faltan quienes desentonan las cualidades que, en general, hacen admirables a las mujeres. Pero no por nada ellas también existen, ya que el mundo está constituido por fuerzas contrapuestas que le dan equilibrio y motivaciones para que la vida sea activa y no aburrida.

Estas palabras de elogio no pretenden esconder, ni mucho menos, las inequidades e injusticias a las que se hallan sometidas muchas mujeres en el mundo. Más bien quieren hacer notar la importancia vital de todas ellas en el convivir humano, razón más que suficiente para entenderlas, respetarlas, apoyarlas y amarlas. Que, sin mujeres, los hombres no van más.

* Director de REVISTA DE MANABÍ.