Celebraciones

El padecimiento misterioso de una sierva de Dios

Por José Risco Intriago*

Cuando conozco de alguien que sufre penosamente a pesar de llevar una vida piadosa y humilde, dedicada a venerar a Dios y a seguir sus mandamientos recogidos en las Sagradas Escrituras, me pregunto por qué nuestro Sumo Hacedor permite tal sufrimiento a quien tiene un comportamiento social misericordioso y discreto para venerarlo a Él. Me intriga más si el padecimiento sucede y es peor durante la agonía.

Esa pregunta me ha inquietado en el decurso del último año, al ver a mi hermana, Rosita, lidiando con su cáncer de seno y el tratamiento médico abrumador que le administraban con la ilusión de vencerlo. Especialmente cuando la veía, inmóvil, recostada en el lecho del cual ya no se levantaría, y gimiendo a causa del dolor insoportable y la dificultad respiratoria que la aquejaban, lo que sucedió en los dos meses angustiosos de la etapa terminal.

Enfrentó con estoicismo, sin embargo, el suplicio irrogado por una enfermedad invasiva e inmisericorde que terminó venciendo a la ciencia de la salud, porque las muchas consultas médicas, pastillas, inyecciones, sueros, jarabes, quimioterapias, radioterapias… ¡sirvieron para nada! Falleció al acercarse la medianoche del jueves 03 de diciembre del 2021 a pocas semanas de su cumpleaños número 71, el día 14 de enero.

Ella, que amaba la vida y aun en las postrimerías de esta quería reincorporarse a sus actividades habituales; que era tan devota y consagrada a servir a Dios, participando en los oficios religiosos y las obras de caridad impulsadas por la Iglesia Católica, no merecía -pensaba yo- ese cruel sufrimiento que la acosó hasta el día en que su existencia física se inmovilizó por completo y para siempre.

Rosita, a la derecha, con miembros del grupo de estudios bíblicos y oraciones de la Comunidad Eclesiástica Sagrado Corazón de Jesús./ FOTO cortesía de Betty Alonso

Durante aquel proceso ilusamente curativo debía hacer viajes constantes, casi siempre al amanecer, de Manta a Portoviejo donde se halla el hospital de SOLCA (Sociedad de Lucha contra el Cáncer) que trataba su enfermedad. Los trámites burocráticos asociados al convenio de prestación de servicios de SOLCA al IESS (Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social) del que era afiliada, más los lapsos de espera, de consultas y de retiro de medicinas (cuando las había), la obligaban a permanecer dentro del hospital gran parte del día, muchas veces sin poder alimentarse de manera correcta.

Los efectos secundarios del tratamiento médico eran demoledores. Cada vez le aparecía una nueva dolencia, un nuevo motivo de preocupación. Un ataque más a su debilitado organismo. Quedaba postrada en cama inmediatamente después de una sesión de quimioterapia. En tres años seguidos de padecimiento, su cuerpo -antes lozano- quedó muy débil y demacrado.

Y, para colmo, llegó la pandemia de la COVID-19 que impidió a SOLCA proveerle regularmente todo el tratamiento al que se hallaba sometida. Los cuidados presenciales fueron reducidos a seguimiento virtual, incapaz de sustituir de forma total a los primeros.

Finales de la década de 1960, en casa del tío Julio Risco en la Parroquia Quiroga del Cantón Bolívar. Parte de la familia Risco Intriago, desde la izquierda: Rosita, Bertha Luciana, Héctor Malaquías, Cena (Carmen) y Rubén./ (Álbum familiar)

Rosita hizo suya la fe católica desde su niñez, desarrollada en Chone, siguiendo las enseñanzas de nuestra madre que profesaba esa religión igualmente por convencimiento hereditario. Poco a poco fue robusteciendo su fe y, en Manta, en la Ciudadela El Pacífico donde residió durante 50 años, maduró su consagración a Dios, se nutrió de teología y se incorporó a la Comunidad Eclesiástica Sagrado Corazón de Jesús, que aglutina a fieles fervorosos de algunos barrios y en particular del San Agustín en la Parroquia Los Esteros.

Fue secretaria, ecónoma y ministra de la Eucaristía de aquella Comunidad que le reconoce su carácter fraterno, humanitario y de entrega al servicio de Dios. Los sacerdotes Roque Bisognin y Alberto Benavides, conductores cristianos de ese colectivo comunitario, han ponderado públicamente el quehacer devoto de Rosita, resaltando el manejo pulcro de las contribuciones ciudadanas que se recaudaron para reconstruir con creces el templo del Sagrado Corazón de Jesús, ahora más amplio, moderno y funcional.

En el centro, Rosita y miembros del grupo de estudios bíblicos al que pertenecía./ FOTO cortesía de Betty Alonso

Se mantuvo inmaculadamente soltera hasta el último día de su vida que, además del trabajo evangelizador acentuado en las tres últimas décadas, la dedicó a servir a la familia y de modo particular a sus padres, Bertha Luciana Intriago Cedeño (educadora y modista) y Héctor Malaquías Risco Ponce (constructor de estructuras de madera y acero) hasta que ellos vivieron, y a sus hermanas y hermanos. Fue el brazo derecho de mamá hasta cuando esta expiró, hace 13 años, y luego asumió la responsabilidad total de la casa familiar y de quienes continuamos allí: ella; nuestra sobrina Mariuxi Joza; la hija de esta, Emilita Ramos Joza; y el que esto escribe.

Y esa responsabilidad se extendía a interesarse por los demás miembros de la casa familiar, que tienen su propio hogar y debido a eso hacen vida aparte, sobre todo cuando llegaban de visita. Porque su misericordia la inducía, en no pocas veces, a sacrificar el bienestar de ella en bien de los demás. Llevaba una existencia austera, despojada de toda ostentación. Era sigilosa y dúctil. La bondad fue su signo distintivo.

Hermanas y hermanos Risco Intriago. Desde la izquierda: José, Cena (Carmen), Fátima, Rosita y Rubén. Atrás, en el centro, Gabriela Loor, nieta de Fátima./ (Álbum familiar)

En casa ayudó, cada vez que pudo, a quien tocaba la puerta pidiendo su caridad, aun a quienes volvían una y otra vez con el mismo propósito; y a unos cuantos conocidos por sus vicios degradantes. Razonaba que quien llega a pedir caridad lo hace porque realmente la necesita y que, tal vez, en ciertos peticionarios está el propio Dios poniendo a prueba la autenticidad caritativa de la persona a quien se pide.

José Zambrano M., joven miembro de la Comunidad Eclesiástica Sagrado Corazón de Jesús, me confió que Rosita hacía obra de caridad que ni siquiera nosotros sus familiares conocíamos. Visitaba y llevaba palabras de conmiseración y regalos útiles a personas adultas mayores en situación de soledad, a personas enfermas y a personas desamparadas. Eso, no obstante sus propias limitaciones económicas.

En la Ciudadela El Pacífico iba con frecuencia a consolar a Ramonita, adulta mayor con salud quebrantada y casi toda su familia lejos de ella. La visité después del fallecimiento de Rosita y me dijo haber llorado mucho la ausencia definitiva de su “amiga”, “que nunca llegaba con las manos vacías” ni sin palabras de afecto.

Cuando la enfermedad estaba diezmando la salud de Rosita. Al pie de la casa familiar, durante una visita de Olga Fátima (sentada), desde la derecha: Fatimita, Olguita, Tatiana Mancero y su hijita Nikita en brazos, Bethsabé Zambrano Risco, Cena (Carmen), Rosita y Mariuxi. Atrás, Héctor Manzaba y José./ (Álbum familiar)

Unos días después del fallecimiento de Rosita, mi cavilación acerca del sufrimiento inexplicable que soportan ciertas personas consagradas a Dios fue conocida por el sacerdote párroco de la Parroquia Eclesiástica Niño Jesús (Manta, Ecuador), padre Roque Bisognin, quien guio espiritualmente a mi hermana y le prodigó los santos óleos finales. Él me hizo notar que aquel sufrimiento es una suerte de rito divino, indispensable para lograr templanza y pureza de espíritu antes de postrarse enfrente del Altísimo. Puso de ejemplo el tormento que persiguió en tierra a Jesucristo, hijo unigénito de nuestro Sumo Creador, que padeció desde cuando se reveló su origen celestial, hasta su crucifixión; y, a los santos, que generalmente tuvieron una existencia corpórea subordinada a muchas privaciones y sacrificios.

Luego de escuchar ese razonamiento, comprendí mejor otro evento sucedido el día que los médicos de SOLCA desahuciaron a Rosita. Los galenos entendieron que no podían hacer más para aliviar a la paciente y sostenerla con vida, así que tomaron la triste decisión de volverla a casa para que sus últimos momentos los viva junto a sus familiares. Pero hubo un instante cuando la enferma desfalleció y ellos asumieron que había llegado el final, que había lugar a una sedación completa para que “muera sin dolor”. Pidieron a quien la acompañaba, Mariuxi, que consiga de inmediato la autorización de las hermanas y los hermanos de la moribunda.

Al conocer esto en casa, cada uno se sumió en oración para pedirle a la santa Virgen María y a su hijo, el Divino Niño Jesús o santo Jesucristo, que intercedan ante el Sumo Creador a fin de que Rosita se reanime y pueda reunirse con nosotros para la despedida final, pues por las medidas de bioseguridad -obligadas por la pandemia- únicamente era permitido que un solo familiar estuviera junto a ella dentro del hospital, desde el ingreso hasta el momento del alta.

En el Sitio Camareta, de Chone, con familiares muy allegados. Desde la izquierda: Jacinto Zambrano (sobrino nieto), Rosita, José Molina Intriago (primo), Anahí Castro Molina (sobrina nieta), Flor y Pablo Molina Intriago (primos)./ (Álbum familiar)

Unos 45 minutos después supimos que la Divina Trinidad había obrado, y que nuestra pariente estaba tan reanimada, que el médico llamado a sedarla preguntó sorprendido: “¿Y para qué quieren sedar a esta señora, si está muy consciente y lúcida?” ¡Un MILAGRO, sin duda!

La enferma retornó a casa y durante algunos días recibió visitas de parientes, vecinos, compañeras y compañeros de devoción cristiana, y otras amistades. Conversó animadamente, celebró con risas las ocurrencias de quienes trataban de confortarla, y hasta pudo sentarse y posar, para un vídeo, en una silla rodeada de la familia más íntima.

La Comunidad Eclesiástica Sagrado Corazón de Jesús acostumbra peregrinar a santuarios católicos en la provincia de Manabí. Aquí, en un restaurante de comida típica, luego de una peregrinación./ FOTO cortesía de Betty Alonso

En los pocos días que Rosita pasó hospitalizada en SOLCA, compartió habitación con otra adulta mayor, Estrellita de Orlando, de Jipijapa, también postrada y adolorida como la primera. Se hicieron confidentes y trataban de animarse la una a la otra, reafirmando su fe cristiana y prodigándose mutua esperanza. La señora de Orlando sobrevivió a Rosita durante 21 días; falleció el 24 de diciembre del 2020. Consternada, mi sobrina Mariuxi aventuró: “Se hicieron tan amigas, que Estrellita siguió a Rosita para compartir espacio en el cielo”.

El padre Bisognin considera que la vida misericordiosa de Rosita, en la comunidad cristiana a la que sirvió con tanto ahínco, como en la de sus vecinos barriales y en la de su propia familia, es merecedora de recordación pública permanente, poniendo su nombre a una calle, un centro de oración, un parque, una sala comunitaria, o algo semejante. Lo dijo una vez en la misa oficiada con motivo de la muerte de ella, antes del sepelio; y lo repitió en la misa celebrada al término de la novena en su memoria, tras la defunción.

Con grupo de amigas comunitarias, un poco antes de aparecer la pandemia de la COVID-19./ FOTO cortesía de Betty Alonso

Según contó después el padre Alberto Benavides, durante la misa que él ofició al cumplirse el primer mes de la partida final de la dama protagonista de este escrito, el padre Bisognin visitaba periódicamente a la enferma, con el propósito de reconfortarla; pero que eran las palabras y el ánimo de ella las que terminaban reconfortando al sacerdote, como este lo confió al padre Benavides.

Este artículo periodístico ha sido revisado, aumentado y corregido desde el día 9 del presente mes. Hoy, jueves 14, al amanecer, mi hermana Carmen, su hija Mariuxi y yo, fuimos a visitar la tumba recién cerrada de Rosita. Desde el instante en que el vehículo puso rumbo al cementerio, notamos que el Sol mostró un brillo inusual que se mantuvo hasta cuando, de vuelta -unos 30 minutos después- traspusimos la puerta del camposanto. ¿Fue, acaso, que las nubes y el astro rey quisieron sumarse así a celebrar lo que hoy sería el septuagésimo primer aniversario en la vida de Rosita?

Rosita Ruth Risco Intriago falleció en la ciudad de Manta, provincia de Manabí (Ecuador), a las 23h45 del día jueves 03 de diciembre del 2020. Fue inhumada en la misma ciudad, durante la tarde del día siguiente, en el Jardín Virgen de la Dolorosa del Parque de los Recuerdos.

* José Risco Intriago, periodista, editor-director de REVISTA DE MANABÍ.

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