Opiniones

Arauz o Lasso, ¿a cuál elegir?

Consideraciones y pronóstico acerca de los dos modelos de gobernanza pública que se juegan en la próxima elección de presidente de la República del Ecuador.

Por José Risco Intriago*

Los dos, Andrés Arauz Galarza y Guillermo Lasso Mendoza, son ciudadanos ecuatorianos con iguales obligaciones y derechos políticos, igual que los miembros de sus respectivas familias. Se diferencian por el patrimonio económico y la formación académica de cada uno, causal de la orientación ideológica diversa que los separa. El primero se alinea con el desarrollo social a partir de la igualdad de oportunidades para todos, mientras el segundo defiende el sistema social establecido con predominio del capital fundado en las capacidades del mercado.

Estas diferencias son el motivo de la enconada confrontación propagandística de las dos partes que se disputan la Presidencia de la República del Ecuador, el más alto poder conferido por el público para la gobernanza del país. Y cierto que son diferencias abismales y difícil de conciliar, porque cada candidato lidera una forma distinta de ver y resolver los problemas estructurales del Estado, así como de establecer pautas sostenidas para lograr la prosperidad económica y el desarrollo de la sociedad en su conjunto.

El modelo político de Arauz propugna que la generación de riqueza, concentrada en los medios de producción, reciba los incentivos necesarios y sea repartida equitativamente entre quienes la acumulan y quienes contribuyen indispensablemente a generarla, es decir las personas que trabajan en relación de dependencia; y, de forma extensiva, con todo el pueblo ecuatoriano a través de las contribuciones (impuestos) que recaudan el Gobierno nacional y los gobiernos seccionales, con las cuales prestan los servicios y construyen las obras públicas que sirven a toda la nación.

El modelo de Lasso apunta primordialmente a fomentar el crecimiento y la sostenibilidad del aparato productivo y mercantil, pero manteniendo el añejo método de distribución de las riquezas generadas de ese modo y por tanto las desigualdades entre quienes controlan los medios de producción, sus empleados y los consumidores en general. Este modelo, además, se inclina por desemplear (reducir el tamaño del Estado) a gran parte de servidores públicos, disminuir las contribuciones (impuestos) que pagan las empresas y aminorar los aranceles (impuestos) a las importaciones. No en vano los más entusiastas partidarios de este modelo se hallan en la clase empresarial.

Las diferencias son acentuadas, sin duda, y por eso existe polarización entre quienes siguen a uno u otro candidato. Hay, también, una sórdida y mutua campaña de desprestigio basada en historias, ciertas o falsas, atribuidas al oponente. Pero falta que cada parte exponga con más precisión y claridad sus planes de gobierno y de qué forma, estos, van a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Y, por último, es imperioso tener en cuenta que, para sacar avante esos planes, quien sea elegido presidente necesitará el concurso armonioso de todos los habitantes del país, incluidos los partidarios del candidato con el que disputó el cargo.

Así, enfrentados dos modelos de gobernanza marcadamente opuestos -el uno apreciado por las clases populares y el otro por las élites de la economía-, parece previsible que el resultado de la elección se incline a favor del candidato que supone más beneficios para las clases dependientes de las unidades productivas.

* José Risco Intriago es director de REVISTA DE MANABÍ.

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