El escritor Víctor Arias Aroca plasma, en este artículo de opinión, la inequidad política que priva de oportunidades a los jóvenes con aspiraciones de formación académica y desarrollo profesional.

Este contenido es parte de REVISTA DE MANABÍ

Por Víctor Arias Aroca *

El tiempo traicionero va pasando, nos va señalando con el dedo y haciendo musarañas que nos indican claramente que él seguirá muy campante, pero nosotros nos iremos acabando poco a poco.

Algunos que brillaron en vida seguirán brillando igual que la estrella nova que hace millones de años pereció, pero nos llega la luz de su pasado luminoso. Otros no sé si volverán a caminar por estas trochas.

Hay los que, estando muertos, vivirán en la memoria de los siglos y seguirán por los chaquiñanes de la gloria; y los que solo dejarán el recuerdo de lo que fue su estampa.

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Cuenta la historia -a propósito de estampa- que en el siglo pasado, por los años 30, hubo tres candidatos presidenciales del más alto nivel, como era en aquellos tiempos. Pero además las damas quiteñas calificaban la buena presencia.

El candidato del Partido Conservador, muy gallardo y esbelto, fue bautizado como caballo de estampa; el candidato del Partido Liberal, más o menos agraciado, fue bautizado como estampa de caballo; y, el más feo, el candidato socialista, fue bautizado como espanta caballo. “Maldita sea mi estampa”, decía mi madre cuando las cosas no salían bien o se subía la leche hirviente en el fogón.

Pero bueno, dejemos a los candidatos que ya vienen por ahí exhibiendo su estampa, y volvamos a los señores que se gradúan en estos días de invierno.

Uno de los más bellos discursos de la vida fue pronunciado por el egregio maestro que fue el abogado Gustavo Abad Castillo, hace 40 años. Y lo recuerdo vívidamente: La ceremonia era la graduación de los cinquinos (alumnos del Colegio Nacional Cinco de Junio, de Manta). Dijo, refiriéndose a los varones, que les deseaba el mejor de los destinos; y, al referirse a las compañeras, presagiaba: algunas irán seguramente por un título a la universidad; y, otras, acaso a entonar una dulce canción de cuna.

En aquel tiempo no entendí bien lo que habrá querido decir el maestro, pero ahora entiendo bien que ellas sí lo sabían, y con los años observé a algunas de mis compañeras convertirse en madres y en seres maravillosos a las que aprendimos a amar y a respetar en las aulas. Del mismo modo que aprendimos a valorar y a respetar a nuestros maestros, de quienes tengo el más bello recuerdo.

Algún día que se inaugure la justicia de América, tengo la esperanza que los maestros ganarán un sueldo justo, como se lo merecen ellos, que nos hicieron alcanzar las estrellas y aprendernos de memoria el nombre de los libertadores. Por ellos el mundo camina y la sociedad no se ha perdido.

Pero un tiempo vendrá en que serán valorados y serán divorciados de la pobreza con la que el magisterio los obliga a casarse. Al menos mis maestros fueron seres superiores, que imponían respeto y conocimiento (Ellos saben bien que lo digo de corazón).

Mi abuela, Mercedes Díaz viuda de Arias Illezcas, era maestra en Guayaquil; también mis tíos, Graciela y Luis Arias Díaz; mi padre y mi madre, y también mi esposa.

La sociedad ha cambiado de forma radical. Antes, el graduado salía del colegio casi siempre con un trabajo fijo, aunque sea de ayudante de contabilidad o amanuense de abogado. Ahora los bachilleres hacen largas filas, como el destino, para no encontrar una sola oportunidad de salir adelante.

A la última convocatoria para 400 puestos en el Municipio de Quito se presentaron 12.000 personas con carpeta en mano. Los 11.600 andan por allí con una esperanza bajo el brazo y sin ninguna realización.

El Estado se ha convertido en un ogro enemigo de los jóvenes, y las leyes imbéciles que aprueban en la Asamblea impiden el acceso a la universidad y deja sin estudio y sin trabajo a miles de jóvenes que podrían torcer su destino ante la desilusión y el desamparo.

Los emprendimientos son hermosos y son creadores de trabajo y de ingreso, pero la sociedad enseña a odiarlos, porque cada vez que un hombre quiere poner una tienda empieza un papeleo infernal que cuesta más que la pequeña inversión que usted ha prestado para abrirse un surco en la vida. ¡No me discutan, que así es!

Por último, si al chiripazo usted encuentra una opción de trabajo en las empresas públicas, le piden cinco años de experiencia al chico que se graduó hace 5 semanas. Y si ese milagro ocurre en la empresa privada, le piden título de segundo nivel, de tercer nivel, de post grado, de Ph. D. (Y vaya usted a saber si los Ph. D. han ayudado a sacar al país del hondo abismo en que ha caído y del que no lo saca nadie).

La mayoría de los legisladores a los que el doctor Hernán Salgado llamó analfabetos, tienen varias especialidades, maestrías y Ph. D. que adornan sus oficinas, pero fabrican leyes de a perro. Hoy andan bien ocupados porque declararon el día del bizcocho y la guayusa, y van por el día del caldo de gallina con cocolón. ¡Ah, y preparan 6 mil condecoraciones para este semestre! Sobre leyes, los pobrecitos no saben nada.

Ganarse un billetito por la izquierda es posible, por la derecha también. Por el centro, quién sabe; pero redactar una solicitud para juicio político, eso sí saben, aunque con diez mil faltas ortográficas, sin fundamento legal y con nombres cambiados, eso sí.

Muy elegante, la Corte Constitucional -para no decirles ignorantes- dice que actúan con falta de prolijidad. Sí. Por esa falta de prolijidad los graduados no encuentran trabajo, no tienen cabida en las universidades, no hay destino cierto para miles. Y algunas centenas prefieren arriesgar el pellejo en la selva de Darién, enfrentando serpientes gigantes, antes que seguir en su patria devorados por la serpiente de la angustia.

Esta es la patria que nos han dado. La patria que ellos pudrieron porque no hallaron el antibiótico para la infección de la politiquería y la decepción de la política, condenada a ser el trampolín para que lleguen a lo alto gaznápiros y saltimbanquis, así como gandules de toda talla. ¡Y francamente que da coraje, hermanos!

Pero la indignación más grande no debe detenernos, sino animarnos a seguir luchando, y al menos nos quedará la satisfacción de no seguir el ejemplo de los talabarteros del bálano, que se parapetan en la función pública para seguir hundiendo a la nación.

Recuerden que los maestros del ayer se sabían de memoria el nombre de todas las estrellas, el camino de las constelaciones y todas las capitales de este mundo, aunque renegaban del sueldo que llegaba cada seis meses. Pero aun así amaban el brillo de todos los luceros y nos hicieron salir de en medio de las tinieblas, aunque a ellos los perseguía el dueño de casa.

Nosotros somos dueños de la casa grande que nos entregaron los maestros: la casa grande que nos permite no ser ignorantes, y eso ya es bastante. No puedo olvidar a Euler Granda, repetido por el maestro Guillermo Navia: «¡Pronto, un fusil para bajar los cuervos!«

Esta es la patria que espera a los graduados. Pero ustedes no pierdan la fe. No renuncien a su derecho a luchar y a ser mejores. Ustedes ahora son el alma de la República, gradúense de seres humanos, eso es lo más bello.

Recuerdo siempre el poema que decía: «la victoria está cercana y el dolor es pasajero«. Y ese otro texto hermoso que decía: «ya no volveremos más a tu llamado, vieja campana de color ceniza, ni escribiremos en el encerado con la varita blanca de la tiza

No he vuelto a saber más de la tiza y es probable que no la veamos nunca más en la vida, pero sería una traición olvidar lo que con ella escribió el maestro en la pizarra: «Nuestra inteligencia se desarrolla como un gigante, cuando la alimentamos con el conocimiento«.

A los autores de esas frases ya no los recuerdo, pero para ustedes será fácil googlear y seguir sus huellas.

Yo prometo no olvidar nunca a mis maestros. Ustedes tampoco los pueden olvidar. No olvidar a Montalvo y su hablar fino, ni al general Bolívar y su habla gruesa. Los graduados tienen una misión, además de construir su propio destino, el objetivo de no olvidar a sus maestros. Eso hará que a ustedes no los envuelva el polvo del olvido. 

* Víctor Arias Aroca, nacido y residente en la ciudad de Manta (Ecuador), es doctor en Jurisprudencia. Diplomado en Derecho Constitucional por la Universidad Pública de El Alto – UPEA (Bolivia), y por el Instituto Latinoamericano de Investigación y Capacitación Jurídica – Latin Iuris (México). Su e-mail: corporacionarias@gmail.com

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