A propósito de la Semana Santa en curso, un prominente ciudadano de Manta (Ecuador) reflexiona sobre la deriva de la humanidad que, obnubilada por las novedosas creaciones de su autoría, ha perdido el rumbo natural de su vida, descarriándola hacia un torbellino de conflictos perturbadores causados por la codicia y la vanagloria que le alejan de la senda perfecta trazada por Dios, el todopoderoso creador del universo.

Joselías Sánchez

Por Joselías Sánchez Ramos* | 3 de abril de 2026

En un mundo saturado de ruido, algoritmos y certezas instantáneas, una frase pronunciada hace más de dos mil años sigue interpelándonos con una fuerza incómoda: “Amaos los unos a los otros”.

No es una consigna suave. Es una exigencia radical.

Jesús la pronunció durante la Última Cena, poco antes de enfrentar el calvario. Y no es menor el contexto: amar al otro no fue para él una idea abstracta, sino una decisión que lo condujo al sufrimiento, al abandono y, finalmente, a la muerte en la cruz.

Ahí comienza el contraste con nuestro tiempo.

Hoy vivimos en una sociedad que ha sofisticado el poder, pero ha empobrecido el vínculo. Una sociedad que persigue el éxito, lo exhibe, lo consume… y, en ese proceso, muchas veces olvida al otro. No lo reconoce: lo utiliza o lo descarta.

Las redes sociales y la inteligencia artificial —herramientas poderosas, sin duda— se han convertido también en sustitutos del juicio propio. Se cree más en lo que circula que en lo que se piensa. Y detrás de esa dependencia hay algo más profundo: una desconexión con uno mismo. Porque quien no se ama, difícilmente puede amar.

Amar, en su sentido más pleno, implica entrega. Implica salir de sí. No es un sentimiento pasajero, sino una forma de estar en el mundo.

Quizá por eso la famosa declaración de Nietzsche —“Dios ha muerto”— sigue siendo tan provocadora. Tal vez no hablaba del fin de lo divino, sino del vaciamiento del sentido: del ser humano que, creyéndose superior, termina desconectado de los demás… y de sí mismo.

Frente a eso, el filósofo Martin Buber propone una idea poderosa: Dios como un “tú eterno”. Byung-Chul Han retoma esa intuición para recordarnos que nuestra época necesita recuperar “el tiempo del otro”. Es decir, la capacidad de encontrarnos verdaderamente con los demás.

Porque el otro no es un obstáculo. Es la posibilidad del amor.

El calvario de Jesús lo ilustra con crudeza: el dolor, la humillación, la soledad. Y, sin embargo, también la persistencia. Caer y levantarse. Avanzar sin odio. Encontrar fuerza incluso en una mirada —la de su madre— en medio del abandono.

La cruz, símbolo de ignominia, se transforma así en signo de amor y perdón. Y esa transformación es, quizá, el núcleo del mensaje cristiano: que incluso en lo más oscuro puede surgir sentido.

Pero ese mensaje es presente, no pertenece solo al pasado.

Hoy, mientras en distintas regiones del mundo continúan los conflictos y la violencia, y mientras países como Ecuador enfrentan sus propias tensiones —políticas, sociales, económicas—, la pregunta vuelve a ser urgente: ¿qué tipo de sociedad queremos construir?

Porque la paz no comienza en los acuerdos internacionales, sino en lo cotidiano. En la forma en que miramos al otro. En cómo hablamos, cómo convivimos, cómo elegimos.

Primero es el “yo”. Luego, inevitablemente, el “tú”.

Como advierte Byung-Chul Han: solo el encuentro con el otro puede rescatar al individuo del narcisismo, del aislamiento y del desgaste interior.

Al final, la disyuntiva es sencilla de formular, aunque difícil de vivir:

Una sociedad sin Dios ni ley…
o una sociedad que se toma en serio el mandato de “amaos los unos a los otros”.

La elección sigue siendo nuestra. ()

* Joselías Sánchez Ramos. Periodista, escritor, docente e historiador ecuatoriano nacido, formado y establecido en la ciudad de Manta, provincia de Manabí. Actualmente preside el Comité Cívico de la Memoria Histórica de Manta.