Lo que sigue es un relato de la vida real, contado coloquialmente por su propio protagonista cuyo nombre verdadero protegemos y lo sustituimos por uno ficticio. Cuenta cómo él, trabajador del campo, logró para su comunidad lo que no pudieron las autoridades públicas de un cantón y una provincia.

Sucedió hace muchos años en la segunda mitad del siglo XX, en un punto rural del Cantón El Empalme, provincia de Guayas. El protagonista era un agricultor joven, con instrucción elemental pero muy listo y vivaz, cualidades que prontamente lo hicieron líder indiscutible de su comunidad. La trama, el ingenio de este hombre sencillo para conseguir que el Gobierno nacional construyera la escuela que necesitaban los niños del sitio.

Los representantes de la comunidad, que iban sucediéndose a lo largo del tiempo, habían gestionado infructuosamente la construcción del edificio escolar, ora ante la Municipalidad, ora ante el Consejo Provincial. En el ínterin, sin embargo, los niños se hacían adolescentes iletrados porque les faltaba la escuela, situación que inquietaba la vida de las familias. Un día la comunidad fue convocada a reunirse para evaluar el caso y encontrar una forma de resolverlo. Fue entonces cuando todos vieron en Ángel a la persona que podría representarlos y dar los pasos convenientes hasta conseguir la tan esperada escuela.

Ángel aceptó el desafío, pero a condición de que cada familia contribuyera con algo de su producción campesina para hacer un gran lote que pudiera venderse y obtener el dinero indispensable que permitiera gestionar el anhelo comunitario. La mayoría estuvo de acuerdo y en pocos días más Ángel tuvo en sus manos una buena cantidad de productos agropecuarios diversos y de la mejor calidad. Enseguida vendió una parte y el saldo lo acomodó en canastos.

Sin pérdida de tiempo, Ángel había concebido la idea de ir a entrevistarse en Quito con el ministro de Educación, y presentarse ante él vestido a la usanza montuvia: ropa ligera poco cuidada, botas de caucho, sombrero de paja mocora y un machete enfundado y colgado de la cintura. Eso sí, todo limpio. Pensaba que mostrándose así el ministro entendería fácilmente la situación precaria de la comunidad y su dificultad para encontrar apoyo estatal. Además, llegaría cargado con los frutos recogidos en el campo, para halagar la vanidad de poder del alto funcionario, conseguir comprometerlo, y, al mismo tiempo, demostrarle la generosidad de la gente sencilla que habita la campiña ecuatoriana.

Y, pensando y haciendo, Ángel tomó el primer vehículo que pudo para dirigirse a la cabecera cantonal de El Empalme y desde ahí tomar otro que lo llevara hasta Quevedo, donde finalmente tomaría el autobús en el que viajaría hasta Quito. Ya al pie del edificio ministerial, portando la parte no vendida de los productos que le proveyó su comunidad, Ángel se presentó ante uno de los guardias que custodiaba la puerta de acceso al Ministerio y le pidió que lo anuncie al ministro; pero el guardia, viendo la facha montuvia del visitante, se mostró indiferente. Ángel insistió con firmeza y le ordenó al guardia que diga al ministro que baje a recibir los regalos que debía entregarle personalmente. Todavía incrédulo y azorado, el guardia fue y anunció la presencia del extraño visitante.

Entre los regalos había gallinas, huevos, un chancho, queso fresco, mantequilla blanca, manjar de leche, plátanos, galletas de almidón, mistelas y rompope. Aparte de un finísimo sombrero de paja toquilla.

El ministro no tenía la menor idea de quién era Ángel, pero la curiosidad por ver a ese forastero extraño e imperativo, y el interés por los regalos anunciados, le movió a dejar por un instante su despacho y bajar al encuentro con el visitante. Tuvo cierta aprehensión al verlo antes de saludarlo, pero ya que había bajado decidió abordarlo. Y después de escuchar el breve y coherente discurso del agricultor y ver la impresionante variedad de los apetecibles regalos que le ofreció, el ministro lo invitó a subir a su despacho en donde conversaron amenamente. Ángel expuso la motivación principal de su visita y el ministro comprendió la urgencia del requerimiento. Inmediatamente dispuso que se envíe a la comunidad de Ángel una estructura escolar prefabricada y que se asigne el personal docente respectivo, junto con el mobiliario y el material didáctico correspondiente.

Cuando el camión que transportaba la estructura prefabricada hacía su paso por la cabecera cantonal de El Empalme, el alcalde local hizo detener la marcha para conocer el destino de la carga. Al saberlo, quiso quedársela para usarla en la urbe; pero otra vez pudo más la vivacidad de Ángel y finalmente se levantó la escuela en su comunidad. El mandatario municipal estaba perplejo ante el hecho de que un sencillo campesino lograra lo que él como autoridad pública no había podido en mucho tiempo.

Anuncios