Opiniones

Rafael Correa en Manabí

Muchos manabitas siguen confiando en él a través de sus delfines, porque implantó en el Ecuador un modelo de gobernanza pública modernizadora y de derechos, aparte de las obras físicas construidas en la provincia.

Quien desconoce los antecedentes, porque los ignora o los ha olvidado, se sorprende al saber que una gran porción del pueblo de la provincia de Manabí (Ecuador) continúa favoreciendo con su confianza al expresidente (2007 – 2017) Rafael Correa Delgado. Esto pudo verse con claridad en las últimas elecciones seccionales de las que surgió el actual jefe del Gobierno provincial, Leonardo Orlando Arteaga, “el prefecto de Correa”; y, más recientemente, en la primera vuelta de las elecciones generales que ganó el candidato presidencial Andrés Arauz Galarza, “el delfín de Correa”.

En los dos casos, por lo que se escucha en pláticas coloquiales, los electores manabitas confiaron su voto a Rafael Correa, representado en esos dos políticos. ¿Por qué? La respuesta es simple: porque ambos significan la continuidad de un proyecto de gobernanza pública que, con aciertos y desaciertos, modernizó al país mediante una Constitución Política avanzada en derechos, primordialmente favorables a la naturaleza (esencial para todo ser viviente) y para los ciudadanos que viven a expensas de un salario más o menos estable o de alguna paga ocasional, quienes conforman la colectividad más numerosa y menos afortunada de la población ecuatoriana.

Basado en esa Constitución, y en las leyes secundarias que la complementan, el Gobierno liderado por Correa empoderó a numerosos grupos sociales antes marginados (las personas discapacitadas, por ejemplo), maltratados (negligencia y descortesía en oficinas públicas), humillados (linchamiento mediático), despreciados (hijos sin pensión alimentaria), excluidos (trabajadores sin protección de la seguridad social), y un largo etcétera.

Construyó muchas y necesarias obras públicas a lo largo y ancho del territorio ecuatoriano, como hidroeléctricas, represas que aseguran la provisión de agua para consumo humano en ciudades y canales de riego en los campos de cultivo; aparte del mejoramiento y extensión de la vialidad, con puentes incluidos (El Bahía – San Vicente, por ejemplo, que le quitó el sueño a aquel político manabita que desafiaba con ver volando a un burro y no que ese puente se hiciera realidad). Edificios y equipamiento funcional para escuelas, colegios, universidades, hospitales, cuarteles policiales, unidades de policía comunitaria, aeropuertos, puertos pesqueros y más. “Obras son amores, que no buenas razones”, reza un antiguo refrán español.

En el caso puntual de Manabí, aparte del puente de la anécdota y la represa de la polémica, la Administración pública presidida por Correa repotenció como nunca la vialidad que comunica internamente la provincia y la conecta con el resto del territorio nacional. Está el Centro Cívico Ciudad Alfaro donde nació la Constitución Política vigente y se halla el mausoleo que honra la memoria de Eloy Alfaro Delgado, expresidente y “mejor ecuatoriano de todos los tiempos” a quien, no obstante ser manabita, esta provincia le debía ese homenaje merecido; y, por si eso fuera poco, dicho centro hizo que la ciudad de Montecristi saliera de su letargo para encontrarse con un apreciable crecimiento artístico, industrial, comercial y turístico.

No pudo concretarse el proyecto Refinería del Pacífico, pero una buena parte de la inversión que para ella se hizo quedó en manos de quienes vendieron el terreno para tal fin y en un bien público de inmenso valor social, como lo es el acueducto vital La Esperanza – El Aromo, que hoy provee de agua dulce a muchas poblaciones a lo largo de su extensión, incluyendo las ciudades de Montecristi, Jaramijó y Manta. Y durante el trabajo para remover y cambiar el suelo donde se asentaría la estructura industrial, numerosos trabajadores manabitas y de otros lugares del país tuvieron un sustento decente para ellos y sus respectivas familias, como los propietarios de las excavadoras y los volquetes, más quienes conducían y daban mantenimiento a esas máquinas.

El terremoto de abril 2016, en el último año del Gobierno de Correa, causó ingentes destrozos en Manabí, especialmente en Manta, Portoviejo, Bahía de Caráquez y Pedernales. La Administración pública nacional de entonces dejó encaminadas algunas obras de reconstrucción, como la infraestructura básica de las zonas más perjudicadas en Portoviejo y Manta, lo mismo que unos conjuntos de viviendas para el reasentamiento de las familias damnificadas.

Y por lo que se escucha a sus partidarios en Manabí, la proscripción política en que la Justicia ecuatoriana de los últimos dos años ha puesto a Correa y al grupo social más próximo a él, es considerada como revanchismo de quienes se oponen a la modernidad del Estado. Algo parecido a lo que ocurrió a principios del siglo anterior al presente, cuando hubo una feroz oposición a la Revolución Liberal comandada por Eloy Alfaro, inmolado por esta causa.

Esos mismos partidarios reconocen y admiten que en el transcurso del gobierno liderado por Correa hubo desatinos y errores, como sucede con cualquier otro gobierno en ejercicio, pero ninguno superior a la magnitud de sus logros positivos. Y respecto a los impulsos autoritarios del líder, los interpretan como una necesidad coyuntural para no sumirse en el inmovilismo que pretendía la oposición beligerante.

Ojalá que lo expuesto en estas líneas ayude al propósito de entender por qué muchos manabitas añoran el proyecto de gobernanza de Correa y la confianza que le ratifican votando por sus “delfines”.


Autor: José Risco Intriago, director de REVISTA DE MANABÍ.

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