Aunque la academia define la palabra camareta con significados navieros y de estruendo festivo, esto no se aplica al frondoso sitio Camareta que dista unos seis kilómetros de la ciudad de Chone (Ecuador) y es habitado por unas cien familias herederas de fincas productivas.

La vía que lleva hasta allá es un desvío desde el costado derecho de la carretera Chone – El Carmen y comienza cerca del puente El Bejuco a unos 10 minutos del centro de la urbe.

Cuando algún visitante se adentra en el sitio, la espesa y alta vegetación le impide ver las viviendas repartidas a lo largo y ancho del territorio, con lomas y hondonadas; pero se sorprenderá cuando note concurrencia numerosa en alguna de las misas que ocasionalmente se ofician en la capilla local, cuyo nombre perenniza la memoria por el finado papa Juan Pablo II.

Esa sorpresa ocurrió en mí, hace poco, cuando fui allá invitado a los actos organizados para rogar al Sumo Hacedor del universo, que permita el descanso eterno al espíritu de cada una de dos damas ilustres del sitio, fallecidas hace un año con apenas una diferencia de 12 días entre un deceso y el otro.

Para la primera, el oficio católico se hizo el domingo 01 de mayo en el templo Santa Rita de Casia, en la Parroquia Santa Rita de la ciudad, a donde también fui; para la segunda, la misa ocurrió el día jueves 12 del mismo mes en la capilla Juan Pablo II.

En el primer caso, la referencia es a doña Olga Fátima Risco Intriago (mi hermana), quien formó familia con don Ángel Zambrano Cedeño, fallecido mucho antes, dejando una numerosa descendencia de la que sobreviven once vástagos, entre mujeres y varones.

Durante más de medio siglo gestionaron juntos la finca heredada por el esposo y en la cual nacieron y crecieron las hijas y los hijos, que fruto de aquella propiedad pudieron formarse profesionalmente y tener el respaldo económico para su respectiva autonomía.

A fin de hacer memoria sobre la vida singular de aquella dama y honrar su admirable conducta social aquí en la tierra, además de la misa vespertina en el templo hubo otra durante la noche, en la casa que la difunta dejó en la parroquia urbana ya señalada. A ello se agregó un rezo y la actuación de un grupo coral que interpretó varios cánticos alusivos a la gloria de Dios y su infinita misericordia.

La segunda referencia corresponde a doña Perfecta Andrea Intriago Montes, que tuvo como esposo a don Pedro María Jacinto Manzaba Cuzme, quien falleció hace ya bastantes años. Igual que el matrimonio mencionado en líneas anteriores, este se afincó en la propiedad rural que legaron sus padres al señor Manzaba. Y, así mismo, dedicaron su vida a cultivar la finca que les permitió mantener y dar educación formal a sus descendientes y proporcionarles el apoyo material necesario para que cada quien, llegado el momento, pueda vivir de forma separada.

Los ofrecimientos póstumos a doña Perfecta Andrea se dieron en la Capilla Juan Pablo II, con una misa vespertina, y se extendieron luego al cementerio del lugar y a la vivienda campesina que le pertenecía, donde hubo rezo, una segunda misa y la actuación del mismo grupo coral del primer caso.

Inmediatamente después de los oficios católicos respectivos, en cada conmemoración se sirvió comida tradicional en el campo manabita, acompañada con una taza de café caliente y postres de dulcería artesanal. Y todas las personas presentes, en su mayoría familiares entre sí, pudieron platicar de modo distendido recordando la vida inolvidable de sus parientes fallecidas.

Era evidente que toda la gran cantidad de personas que acudieron a esas honras lo hiciera espontáneamente y con buena voluntad, porque ellas trataron a las fallecidas durante la vida de estas y conocieron de cerca sus ejemplares cualidades de hijas, esposas, madres y ciudadanas comprometidas con el progreso y desarrollo de sus respectivas comunidades.

Las dos mujeres fallecidas alentaron a sus correspondientes esposos e hijos a vivir de conformidad con el compromiso moral y cívico que toda ciudadana y ciudadano tiene consigo mismo y con la sociedad a la que pertenece; y fue así cómo les indujo a procurar el mejoramiento de sus condiciones de vida en la zona que compartían con muchas otras familias.

Por ejemplo, les exhortaron a conseguir que la Municipalidad haga de uso estable la vía principal que les comunica con la ciudad; a llevar hasta ese lugar el servicio eléctrico público; a repotenciar la escuela fiscal más próxima; y a mantener sin merma la producción agrícola y ganadera de la que son responsables. Sin descuidar la sociabilidad expresada en frecuentes reuniones comunitarias de unión y recreo.

Las dos contribuyeron personalmente a la construcción de la Capilla Juan Pablo II, siendo parte de las reuniones con ese fin y haciendo donaciones expresas para erigir la estructura y dotarla del mobiliario indispensable.

No en vano el gesto franco, generoso y fraternal de quienes concurrieron a renovar sus votos de solidaridad por la resignación de los deudos de las dos damas fenecidas, como lo prueba el hecho de que muchos de los presentes debieron movilizarse desde muy lejos, algunos a pie y entre la tupida vegetación que durante la noche se nos antoja tenebrosa, como sucedió con gran parte del vecindario dentro de Camareta.

Y luego ese compadraje tan propio y encomiable de la gente habituada a la ruralidad, que levanta el ánimo de cualquier doliente.

AUTOR (Texto y fotos): José Risco Intriago.

100 años de Manta (1922 – 2022).