“Cuando se alcanza a fabricar un soneto, esa tarea, propia de carpinteros de las palabras (por eso a los que quieren aprender a escribir mejor se les crea un taller literario), es un peldaño a la grandeza.”

Este contenido es parte de REVISTA DE MANABÍ

Por Víctor Arias Aroca *

El soneto es la manifestación perfecta de la poesía. Solo el dominio lingüístico y semántico permite su logro. No es ninguna camisa de fuerza, es la expresión de un pensamiento sensible y superior. Si no alcanza la perfección es un intento fallido, pues para que sea soneto debe alcanzar la unidad de fondo tan única y pura, que los catorce versos conduzcan inexorablemente al entendimiento de una sola idea macro sobre lo que se quiere expresar. Después de leer un soneto, o escucharlo en su caso, queda la certeza absoluta e indiscutible de lo que el poeta quiso decir.

No siempre se logra. Es un desafío poético que los grandes aedas alcanzaron. Lope, Quevedo, Benavente, Carranza, Borges, García Márquez y todos los clásicos.
Existen los sonetos modelos cuya calidad no está en discusión.

Soneto de Repente (Lope de Vega).
Soneto de tus Vísceras (Baldomero Fernández Moreno).
Soneto del Dulce Nombre (Jacinto Benavente).
Soneto a Líndica (José María Egas).
Soneto Emoción Vesperal (Ernesto Noboa y Caamaño).
Soneto Matinal para una Colegiada Ingrávida (Gabriel García Márquez).
Soneto de Invierno (Rubén Darío).
Adán (Federico García Lorca).
Intermezzo (Medardo Ángel Silva).
Soneto con una salvedad (Eduardo Carranza).
Soneto 2 (Pablo Neruda).

Lo que sí existe es el prejuicio sobre el soneto. Cuando se alcanza a fabricar un soneto, esa tarea, propia de carpinteros de las palabras (por eso a los que quieren aprender a escribir mejor se les crea un taller literario), es un peldaño a la grandeza. La rima nunca ha sido objeto de reclamación. La rima es una obligación. Claro que el verso libre existe y tiene su autonomía y su estilo y grandeza. Se puede incluso obtener el mismo efecto.

Mas, uno y otro concepto poético, llegan al final mágico de conmover y lograr la maravilla del esplendor.  Son desafíos. Busquen este soneto, cuyo primer cuarteto dice así: «Dicen los encumbrados profesores, / y así ha de ser ya que lo dicen ellos, / que hacer sonetos que resulten bellos / es obra de cerebros superiores«.

Acerca de la métrica, la sinalefa y las normas de preceptiva literaria, todo se puede discutir, pero recordando que la Biblia está escrita en verso, la Ilíada y la Odisea también. Los más encumbrados poetas del verso libre (Neruda es el mejor ejemplo) se formaron y aprendieron de la literatura clásica y él mismo escribió un libro llamado Cien Sonetos de Amor, confirmando que se puede combinar tranquilamente esos dos escenarios de la poesía, en los que el gran Neruda se deslizaba como pez en el agua y ennobleció el arte poético con su obra colosal que le valió el premio Nobel.

De modo que él, Neruda, no estuvo en ninguna prisión literaria, porque habiendo sido el gran héroe y uno de los fundadores del verso libre (cuyos versos eran libres pero hermosos), se paseó libre por la pasarela del soneto y escribió maravillas del amor y la protesta.

Cuando se estudia a fondo literatura y poesía, se comprende que Neruda es de lo más encumbrado de América. Hay quienes dicen que su poema 20 es el más famoso del mundo y el más leído. Si eres poeta y no has leído a Neruda, estás perdido en este mundo y en el otro. El primer deber del escritor es ser un lector.

Entre los grandes hacedores del verso libre destacan algunos cuya creación, sencilla y dulce como un arroyo, enaltece la creación y dulcifica el alma. Son todos respetables. Más si el poeta se ha hecho a sí mismo y ha construido poesía excelsa, que surge espontánea y conquista el alma de la gente. Son generalmente poetas autodidactas o espíritus superiores que no necesitaron ni academia, ni mayores lecturas, para forjar una obra magistral.

En el caso del Ecuador, el poeta portovejense Vicente Amador Flor es el mejor ejemplo. Dominó el verso suelto como en el Canto a Portoviejo y en rima como en Romanza de Ausencia. De su obra «En el Parque», veamos este cuarteto: «El cielo con su crómide amarilla, / nos llena de un sutil recogimiento, / cada almendra parece una sombrilla, / mecida tiernamente por el viento.
Arte por donde se lo mire.

No voy a referir aquí la definición filosófica del arte, ni la connotación universal de su significado, pero puedo decir sencillamente que el arte es una demostración superior destinada a conmover los sentidos. Tampoco voy a insistir en la estructura de dos cuartetos y dos tercetos del soneto, la conformación de once sílabas por verso cuando se trata del verso endecasílabo; tampoco de la conformación de catorce sílabas del verso alejandrino. No. Pues, se trata de aprender; por lo mismo, no se trata de tener el capricho por ser poeta.

Como en el caso de la pintura, unos borrones y unas líneas mal hechas no pueden considerarse pintura; ni una música estridente y meliflua puede ser considerada arte musical. Para que sea arte tiene que adquirir una elevación del alma y de las cosas que hacen la vida plena. La poesía es el componente más eximio del ser.

Los que sí existen son poetas vagos que no quieren aprender y solo desean tener el título de poetas, garabatear cualquier tontería, y rompiendo todas las normas estéticas, sin las cuales la poesía languidece, pasear por el mundo de la parroquia, haciendo que le reconozcan como poeta pero sin escribir poesía.

Ahora, claro que un promotor cultural puede ser un poeta y un poeta puede ser un promotor cultural, desde luego. Conozco a algunos promotores y realizadores que son estupendos poetas. Esto, desde luego, funciona en el mundo entero. Pero, la poesía va más allá. La poesía es otra cosa. A la poesía hay que respetarla. La poesía no es de exhibición, es de realización. La poesía es estar cerca del sol. Pocos pueden lograrlo, pero sí.

* Víctor Arias Aroca. Reside en la ciudad de Manta (Ecuador). Doctor en Jurisprudencia. Diplomado en Derecho Constitucional por la Universidad de El Alto, Instituto Latín Juris.