La mujer Madre, fuente de amor y vida

De ver a tantas madres y escucharlas; de considerar comunes sus esmeros, angustias y desvelos; de tanto enterarnos de sus sufrimientos y privaciones que sin embargo nunca las doblegan; de percibir su comprensión amorosa y tolerante… De tanto estar junto a ellas parece que se nos pasa por alto reconocer y premiar la valía suprema de la mujer Madre; esa que nos construyó con paciencia infinita dentro de su vientre; que nos alumbró con esperanza sublime pese a los dolores del parto. Ella, que nos acunó primorosamente, llevándonos protegidos y guiados por el sendero espinoso de la vida, para hacernos ciudadanos listos a servirle a Dios, a la familia y a la sociedad; y para ramificar el árbol frondoso de la humanidad. A esa mujer Madre jamás podremos pagarle todo el valor de su proeza, porque simplemente es singular e invaluable; pero sí es posible rodearla de atenciones cariñosas y constantes.

Ella, si está en el nivel menos afortunado de la sociedad, es la que trabaja desde antes de que salga el Sol, ininterrumpidamente hasta mucho después de que el astro se ha ocultado; todos los días de la semana, incluyendo sábados, domingos y días feriados, y sin jamás tomarse vacaciones. Nadie más que ella es capaz de someterse a un trabajo tan extenuante y vital, como lo es ordenar el hogar para que el resto de la familia encuentre cobijo agradable; cocinar la comida y lavar los platos; limpiar y planchar la ropa; atender las necesidades de los niños; recibir y atender las visitas, lo mismo que los llamados telefónicos; ir al mercado a hacer las compras; ocuparse de los enfermos, de los adultos mayores y de las relaciones vecinales. Aparte de que algunas también salen a devengar un salario, ya sea para complementarlo con el del esposo o como el único medio del sustento familiar; y, quizás, están sujetas a convivir con un marido torpe y desconsiderado.

Si la mujer Madre está en el nivel de los hogares con economía holgada, su tren de vida puede ser más confortable pero no exento de tareas agobiantes. Tiene la misma responsabilidad maternal de otras mujeres y las mismas obligaciones de cuidar el orden dentro del hogar, para que toda la familia viva sana y en armonía. Seguramente ella dispone de un servicio doméstico externo que trabaja bajo su mando, pero debe organizarlo, dirigirlo, incentivarlo y controlarlo. Tal vez sea una alta ejecutiva del mundo de los negocios o de alguna institución o empresa del Estado, trabajo que la obliga a ocuparse de su función profesional y al mismo tiempo de su casa y su familia.

Y están las mujeres Madre del nivel más bajo de la pirámide social. Aquellas que sufren en silencio la marginación por ser muy pobres, carentes de instrucción, sin estatus, y algunas de avanzada edad. Ellas son las excluidas, que apenas sobreviven. Pero en su pobreza y marginación luchan estoicamente cuidando a sus hijos, protegiéndolos, orientándolos, animándolos, y haciéndoles notar que su condición económica no los hace menos dignos que los demás. Algunas, por necesidad o circunstancia, sucumben ante vicios o actividades degradantes; y, sin embargo, conservan su esencia natural de madres preocupadas por sus hijos.

Todas estas mujeres Madre merecen -como premio a su fortaleza y sabiduría- la atención, el reconocimiento y la gratitud imperecederos de sus respectivos esposos y de los hijos de ambos. Tales muestras de reciprocidad significan ocuparse día tras día del bienestar de este ser maravilloso, procurándole afecto abundante y sincero, compañía frecuente, mucho respeto y todo el apoyo que ella requiere. Hay que rebajarle la carga de responsabilidades domésticas y hacerle los espacios adecuados para su propia recreación y descanso. Quedaría muy bien, por ejemplo, que en cada hogar donde solo el esposo genera ingresos monetarios, éste asigne para ella -sin esperar que nadie se lo pida- una cantidad mensual exclusiva para sus necesidades personales.

A las mujeres Madre hay que apreciarlas por lo que son y no por lo que tienen; por su gracia bendita de haber procreado sus hijos y formarlos para la vida social y cívica; por vivir intensamente y con alegría pese a las dificultades y limitaciones; por su devoción maternal y de compañera. En fin, por ser la fuente del amor y de la vida.

FOTO DE CABECERA: Carmen Joza Risco y sus hijos Jesús Alberto, Lady Laura y Jhon Jairo Bonilla Joza.
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