El Umiña sin Miguel

Miguel Andrade, médico y tenista de Manta recientemente fallecido. / David Ramírez.

Por David Ramírez

Las caídas de sol en el Umiña nunca volverán a ser las mismas sin Miguel.

Ha caído como un guerrero en los predios donde, desde siempre, todas las tardes no solo jugaba tenis sino donde con su buen humor disfrutaba en grande la vida: riendo y jugando, dos facetas que apenas en el círculo del club con el que compartía, conocían de él.

Miguel Andrade, médico y tenista de Manta recientemente fallecido. / David Ramírez.

Fuera del Umiña era el Dr. Miguel Andrade, alto, de rostro adusto, de cabellos tempranamente blancos, pero de una humanidad soberbiamente joven y de conducta seria como muy en el fondo asumía en el ejercicio de la profesión de sus amores, acaso la más sublime -por si existiera otra que dignifique más al hombre-, que el oficio de salvar vidas con sus manos de cirujano, como hacía a diario nuestro amigo.

Ya sin mandil, vestido de corto, pero igual de blanco, Miguel ingresaba, y desde lo alto del complejo escogía a su víctima de la tarde, para con esas mismas manos redentoras empuñar la raqueta y darse a la tarea de derrotar a su adversario. Muchas veces se cumplía y ganaba su partido por el marcador que había pronosticado, en otras perdía, pero lo hacía disputando todas las bolas, sudando a placer por el goce que le prodigaba jugar tenis con sus amigos.

Y así volvía todas las tardes, persistía en jugar y jugar cada vez mejor, en una especie de desafío personal a quien, en el club, llamaban el “Andrés Gómez de Manta”, tanto por su parecido físico como por su vehemencia para fajarse en la cancha.

Miguel nos ha dejado tardes inmemoriales de grandísimas victorias, de bromas irrepetibles, de caídas de sol nunca vistas, que solo las vimos con él y quedarán así grabadas como este día magro en el que se le ha ocurrido partir haciéndonos un “Ace” y dejándonos con el marcador pleno de su sonrisa.

New York, enero 13, 2020